Señora en coche

En la mañana del sábado salí a dar un paseo porque necesitaba estirar las piernas y mirar otras cosas, ese esparcimiento de los ojos.

Se habla de la necesidad de ejercicio, pero muy poco de esa otra necesidad de no ver siempre lo mismo, y no me refiero a viajar sino, sencillamente, a cambiar el escenario de cada día, que puede no consistir en más que en ir por una calle por la que nunca has ido, o mirar hacia arriba donde solías ir cabizbaja, para ver otras cosas que aún no habías dado a mirar a la vista, que se aburre tanto, o más, que el pensamiento cuando va pensando siempre en lo mismo.

De todas las cosas que pasan en un avión, me hace gracia una incidencia que no es que sea lo que llaman un “no go”, es decir que si no se arregla no se despega, pero que se considera medianamente grave, y es cuando el entretenimiento no funciona, para lo cual se apaga y se enciende la aeronave cuantas veces sea necesario, con tal de no dejar a los pasajeros diez o doce horas a solas con sus pensamientos, como si aquello pudiera ser algo que impidiera un vuelo tranquilo, no llevar a los pasajeros entretenidos como niños.

Este entretenerse de la vida, es algo más necesario de lo que creemos, para no vivir con el peso de nuestra propia existencia a cada paso, ya que si fuéramos plenamente conscientes de lo que significa estar vivo, yo creo que no haríamos absolutamente nada, más que mirar al techo, abrumados con el peso del día a día, que es tremendo. De ahí que sea fundamental el entretenimiento, tanto como el ejercicio físico, yo diría que más, mirar una casa, allí en lo alto del edificio, donde viviríamos si pudiéramos porque tiene un tejado a dos aguas, y una balaustrada con plantas, que parecen palmeras desde abajo pero en cualquier caso verdes con una fachada amarilla donde le da el sol, que es lo mejor que puede tener una casa en invierno.

Y mientras paseaba pensando en esa casa que miraba por vez primera, al dar la vuelta a la esquina, me encuentro a una señora aparcando, contenta porque había encontrado sitio, maniobrando con esa cara que se nos pone al alzar un poco la barbilla como si no quisieras oír ni tocar nada cuando estás yendo hacia atrás muy despacio, a sabiendas de que hay otro coche ahí mismo, por lo que se hace la maniobra mirando al retrovisor con mucha delicadeza, hasta que sin dañar a nada ni a nadie, queda el coche en su sitio. Sudas como si hubieras hecho ejercicio. Entonces toca quitar el cinturón y bajarse de una postura a la que el cuerpo ya se había hecho, y además hay que ponerse el abrigo si no se lleva puesto, y coger el bolso y a lo peor ir a por un ticket, y mirar el coche antes de irte para comprobar que no te dejas el móvil, ni te has pegado mucho al de atrás; y todo para salir a toda velocidad hacia algún recado, que a lo mejor no es más que comprarse algo en las rebajas, si es que siguen, o algo que hace falta para la casa, pero a lo que irás corriendo porque lo que no es trayecto de coche, es nada, un lugar que hay que sortear con la máxima rapidez posible para llegar a ese destino como si fueras en un vehículo, que ya lo intentaste en coche y no hubo manera, para una vez allí, salir corriendo con las bolsas de vuelta, abrir el maletero del coche, arrancar, pensando en la suerte que tuviste de haber aparcado en la calle y no tener que bajar al aparcamiento donde te entra esa tristeza que hay bajo la tierra en las ciudades, por muy pintado y cuidado que esté el garaje, que no suele estar, pero aunque esté recién pintado, la tristeza que guardan los sótanos de la ciudad persiste, y se te pega y te ahoga, bajar hasta donde no llega más luz que la eléctrica, ni más aire que el de la ventilación, para luego, de vuelta a casa, encontrar el mismo e inexplicable atasco que te separa del hogar al que te fuiste a vivir para tener un trozo de jardín al que mirar, con la idea de la poca distancia calculada en minutos de coche, que jamás fueron los que te decían, ni los que tú calculaste, para bajar al final a la ciudad constantemente sin haber visto la exposición de “Los fauves. Pasión por el color” que creo terminaba este fin de semana, ni las palmeras en la casa amarilla bajo el cielo azul, ni a un estornino pinto cantando dulcemente entre las ramas.

Nada.

Porque no has tenido tiempo de pasear a la mirada, que bastante proeza fue poder escaparte de casa en coche, ese trasto de la ciudad.

Armatoste.

Encierro de la mirada por las calles.

Que quizás tenemos dos ojos, como dos pies, para que miren acompasados. Que al andar no sólo se haga camino, sino también mirada.