El encierro

Pocas cosas más difíciles, a mi edad, que encerrarse.

Cuando eres joven, que yo lo fui, te encerrabas a estudiar y no salías porque decías que tenías exámenes y todo el mundo lo entendía y nadie te insistía en que salieras ni les extrañaba que te acostaras al amanecer, o por el contrario, te levantaras muy temprano, porque no había que dar ninguna explicación ni justificar nada.

Ya por entonces, solía distraerme con cosas que no entraban en la materia de la que me iba a examinar, y no sé por qué si tenía yo que saber las fanerógamas, me empeñaba por simple curiosidad, en mirar las criptógamas, y pasarme horas interesada por ellas, aunque no entraran en el examen, como si ni yo misma no admitiera mi encierro, y buscara una vía de escape en el propio estudio como un pájaro enjaulado que logra salir entre los barrotes.

Ahora me pasa, que intento encerrarme, y no es fácil, no ya tanto por los demás, que no admiten por la edad que puedas querer aislarte, porque esto ya es cada vez más imposible de justificar, una vez que la suerte de tu vida ya esta echada no te puedes volver atrás, y ya estás en el mundo de esta manera, y cualquier cosa que hagas y cambies, si lo logras, te hará sentirte fatal, haber dicho que no ibas, porque tenías que hacer algo, lo cual, aunque te disculpen, sé que en el fondo no se acepta porque ya no tienes edad para decir: no puedo ir.

Pero en lo que se parece este encierro voluntario, es en que también la mente escapa como un pájaro y se va a detalles innecesarios como el que me encontré ayer por el camino de un señor del que no había oído hablar, aunque lo citara en su momento, pero no me detuve a ver su vida, y sin embargo ayer, que estaba más ocupada que nunca, no quise volver a citarle sin saber quién era exactamente, más allá de un ornitólogo que había escrito de unos pájaros a los que llama en francés los rápidos negros, describiendo por vez primera cosas en las que los demás no se habían fijado.

Ese asunto, pasó a ser lo de menos, al lado de la curiosidad por su vida de ornitólogo. Se llama Robert Poncy (1875-1955) y me ha resultado imposible encontrar más cosas sobre él, que no fuera su necrológica que además no puedo leer al completo, donde dice que nació en Suiza, en Ginebra, y que por salir a cazar con su padre por el lago Lemán cuando tenía doce años le vino esa afición a la ornitología que luego reflejó en trabajos sobre los flamencos en Doñana, entre otras cosas.

Al pasar en tren por Francia, me llamaron la atención algunas casonas de jardines medio abandonados que había cerca de las estaciones de algunas ciudades que han venido a menos, donde te das cuenta de que por allí hubo una vida que se ha ido, pero quedan las casas.

Como quedan los nombres de las personas que en ocasiones no son más que una cita, R. Poncy, con un dato.

Cuando vi que la R. era Roberto, como el nombre de mi hijo mayor, quise saber quién era.

Si alguien lo conoce, o ha oído hablar de él, me gustaría saber más sobre este niño que se hizo ornitólogo.

Sólo por distraerme un poco.