En Fuentes

Entró el año nuevo por Fuentes de Béjar, Salamanca, a siete grados bajo cero.

La noche estaba clara, el cielo oscuro, las estrellas tiritando.

Al día siguiente, aunque siguieran las estrellas en el cielo, no se veía más que al sol con su luz de invierno, igual de clara y pura que la luz nocturna. Seguía haciendo frío pero dentro de la casa de mis cuñados María y Santi el sol entraba por las ventanas para quedarse, como si también tuviera frío, caldeando la casa con la alegría de esa luz que parecía, como el año, recién estrenada para atravesar con la fuerza del llanto de un recién nacido los cristales.

Alguien propuso ir a misa y aunque quedaban veinte minutos para las doce de la mañana nadie se levantó del asiento porque el tiempo también parecía estar sentado con nosotros y con la luz del sol, como si tuviera todo el año por delante para echarse a correr con sus meses y días y horas a la espalda; por lo que hasta menos cinco no nos pusimos en pie y aún nos sobró un minuto ya que la iglesia, como casi todo en Fuentes, estaba al lado.

Fui charlando por el camino con mi querida suegra Carmiña, cada año más elegante, caminando muy derecha con toda la gracia del mundo, echándose de vez en cuando hacia atrás una suerte de capa de lana azul marino y cuadros blancos que había comprado en Órdenes a juego con la falda. Pocas mujeres he conocido más elegantes pues mientras otros solemos rebajar el vestuario para ir a un pueblo, ella no cambia su estilo como para no quitarle importancia al lugar donde va.

Antes de entrar en la iglesia, alcé un poco la mirada, y entonces vi el reloj, la campana y, sobre el nido, la cigüeña. No llevaba ni teléfono ni cámara, por lo que le pedí a mi marido si me podía dejar las llaves del coche para ir a por ella. Al regresar con la cámara al cuello, aprecié de lleno el silencio de las calles, lo bien cuidadas que están las casas, algunas verdaderas casas palacio pues por aquí hubo un comercio tan importante de paños que hasta hubo un gran banco de altas mamparas y mostradores de madera, con una caja fuerte en el sótano grande como una habitación y suelos de mosaico floreados de estilo francés. Llama la atención en Fuentes la extraordinaria cantería y la profusión de galerías de hierro, unas pintadas de blanco, otras de azul casi añil, para guardar el oro de la luz.

Tras sacar unas cuantas fotos a la cigüeña, que estaba arreglando el nido sola como si aún no hubiera llegado su pareja, decidí que Dios quizás me perdonaría que entrara solo a rezar un rato para poder aprovechar ese momento de paz antes de la comida de año nuevo para ir a dar un paseo. Nadie puede imaginar cuánto me gusta escaparme de esta manera, por un camino desconocido, en soledad y en silencio, que hasta oía la arena del camino bajo mis pasos, y ese crujir de las hojas secas de los robles todavía en las ramas que, con el azul profundo del cielo al fondo, recordaba al resonar a mar de una caracola. Escuché también un maullido que pensé que podría ser el de un ratonero, pero resultó que era un ave del tamaño de un carpintero que salió volando hacia el otro lado de un camino que se abría como un pasto.

Viendo que había fresnos y chopos más abajo, deduje que tal vez podría correr un regato y hacia allí me dirigí con esa seguridad con la que me siento en el campo donde sólo me dan miedo los coches que de vez en cuando pasan, y por aquí no pasaba ni uno, ni había nadie: parecía estar toda la sierra de Béjar durmiendo tras la nochevieja, despiertos conmigo los caballos y las vacas cuando de pronto oigo un tiro que venía de la solana del monte y se me enciende la luz de la prudencia avisando que es día de caza.

Regresé por donde había ido, y empiezo a ver más cosas, setas naranjas agazapadas entre la hierba, a salvo de las heladas, arbustos que no come el ganado, milanos reales que huyen dando vueltas hacia lo alto del cielo, esa catedral de aire.

Terminaba la misa cuando llegué a la puerta de la iglesia.

Sé que no es lo mismo, pero tuve la impresión de haber empezado el año rezando.