Añoranza

Ahora que hemos vuelto, me doy cuenta de la gran oportunidad que hemos tenido.

Empiezo a comprender que Darwin no quisiera ya moverse de su casa, tras su gran viaje de cinco años a bordo del Beagle, no sólo porque se mareó muchísimo sino para poder pensar con calma en todas las cosas que había visto, y también para poder ordenarlas pues se te agolpan en tan pocos días paisajes tan distintos, que no logras comprenderlos del todo hasta que te alejas de ellos.

Hay veces que, en el mismo lugar, aparecen ideas que te emocionan y te nublan la vista mientras, apresuradamente, las garabateas; pero otras, como si necesitaran germinar o fermentar como un vino, acaban por aparecer cuando hace ya días que has regresado y empiezas a comprender lo lejos que fuiste, la tierra tan extraordinaria que has contemplado, las especies que ya no verás jamás y que tuviste tan cerca que te has traído fotos que no habías siquiera soñado poder hacer en tu vida.

Y no es tanto por la rareza de las especies, sino porque apreciabas en ellas la liberación del artificio que hoy domina casi toda la Tierra; del animal que está donde realmente debe estar, desde mucho antes de que tú pudieras verlo; esa espontaneidad tan escasa de los paisajes que son, por sí mismos, auténtica y verdaderamente silvestres.

Hay unos preciosos libritos maravillosamente ilustrados, entre ellos el de la flora del Damaraland, cuyas autoras son Patricia Craven y Christine Marais, que cuando los abrimos en Madrid te parecía imposible que fuéramos a ver todo aquello, pero que luego ibas identificando especie a especie, como los árboles con hojas en forma de mariposa que volaban por el desierto y bajo el que nos cobijamos del implacable sol mientras analizábamos esas hojas que tenían también la forma de una huella de ungulado, que son dos medias lunas enfrentadas. ¡Tantas cosas!... Que se acumulaban en los ojos y el pensamiento como las hojas pardas en las rocas blancas del desierto... ¡Tantos desiertos distintos!... ¡Tantos colores, como de flor, tienen las arenas en Namibia!...Todavía no tengo la distancia suficiente como para poder escribir de ellas.

Veo las fotos, voy identificando cada especie que fui captando con la cámara y me asombro, ya en mi casa, todavía más, con la avutarda en el Damaraland; con el pecho de un halcón en la rama espinosa de una Acacia erioloba; con las raíces de un árbol aparentemente seco, que parecen otro árbol del revés, agarradas con desesperación a una madrevieja, un curso de agua que se ha ido porque en Namibia hay ríos que pasan años sin llegar al mar, quedándose el lecho completamente seco, con rocas blancas como la luna, resquebrajadas por la sequedad, claras de añoranza del agua que no ha vuelto, y que esperan esas desesperadas y sin embargo, esperanzadas raíces.

Nosotros, ya por aquí, no podemos más que sentir la añoranza de lo vivido aunque haga tan pocos días que hemos regresado, como si estando allí, aún siendo plenamente conscientes de esa maravilla que estábamos viviendo, no lo fuéramos del todo hasta que ha aparecido esta nostalgia para inundarnos.

Ponemos la televisión y te hablan en un documental de la BBC del desierto más antiguo del mundo y de pronto aparece el Namib que ya has identificado por su rojísimo color, como de atardecer a mediodía, y empiezan a contarte cosas que acabas de ver con tus propios ojos y entonces piensas en lo cruel que es la vida que te hace comprender, en toda su dimensión, lo maravillosa que fue, cuando ya ha pasado.