El flamboyán

| Foto: Sagrario Cortés

Ha helado en el campo.

Los cristales amanecen blanquecinos como si el hielo hubiera ido a calentarse las manos sobre ellos, al calor de la casa que humea, respirando en la noche.

Me gustan estos días fríos de Navidad, claros, verdes, azules y blancos.

Ayer la ría estaba en calma, los cormoranes en el puerto al sol sobre las nasas que, como jaulas sin pájaros, amontonadas a bordo de una barca azul y roja, esperan llenarse de mar y de centollas para servir en las cenas de Nochebuena.

Hacía un sol de invierno que era un regalo sobre las rocas del muelle, donde una bandada de correlimos, cientos, estaban queriendo dormirse, disfrutando de este último sol de la tarde, quizás del año, de la vida, como si lo apreciaran de verdad, con el largo pico hundido entre las alas, y los ojos medio cerrados, esponjando las plumas, haciendo aún más redondeado su cuerpo del que sobresale ese pico con el que tocan las presas que se esconden bajo la arena. Pero ahora, sobre las rocas, descansaban estos correlimos comunes, en invierno blanquecinos y grises como las piedras y, entre ellos, incansables y solitarios, los vuelvepiedras de pecho negro y blanco y alas como de algas, patas rojas, comiendo mejillones.

Les hice todas las fotos que quise, tan cerca, tan quietos. Un señor con su nieto vino a preguntarme si alguna vez había visto tantos correlimos, casi cubrían las rocas del muelle, muy cerca del agua; y me contó que por la mañana los había visto en la playa, y yo le dije que tengo para mí que podría ser una bandada que hubiera irrumpido desde algún lugar del norte pero luego, viendo las noticias, pensé si no vendrían del otro lado de la Península, donde los temporales han hecho desaparecer las playas...¡Hay tantas cosas que pasan sin que tengamos una explicación para ello!

Lo que siento cuando estoy en mi casa gallega no es tanto la felicidad, sino una paz que me hace no querer nada más en el mundo. Este puerto, este paseo, este amanecer blanco, este frío del invierno.

Le prometí a mi amiga Viruca Yebra que, en cuanto llegara, leería su novela al fuego. Aún no lo he encendido y ya voy casi por la mitad del libro porque ¡es tan agradable leer esta novela! y porque hay que quitar los leños que llenan la chimenea como un cuadro, que incluso sin vida, siguen siendo hermosos los árboles.

Nada más llegar he visto que han talado los robles centenarios del camino y me duele solo escribirlo, ver que han cortado mientras no estaba los robles del camino de los helechos. Trato de no pensar en ello. Pero ¡quién soy yo para decir nada si voy a encender el fuego! que, aunque sea con las podas, no deja de ser leña, obra de arte, árbol hecho pedazos.

“El fuego del flamboyán” se titula esta extraordinaria novela de Viruca Yebra que empieza en Galicia, por lo que reconozco casi todas las palabras que emplea, como “mandilón”, y también las luces de la niebla, la humedad de las paredes, los lugares de la casa como el corredor... un relato coral con un fondo histórico que repasamos con ella, tan bien documentado, que nos lleva del castaño al flamboyán, desde Galicia hasta Cuba, a la tormenta tropical y al calor y a todas las pasiones humanas, y que me deja preguntándome cómo es posible que haya sido la autora capaz de un trabajo tan laborioso, tan imaginativo, colorido como el árbol del flamboyán, rojo como el fuego.

Le pregunté y me contó que todas las tardes se encerraba desde las cuatro en la biblioteca, y que a veces terminaba, sin darse cuenta, a altas horas de la noche.

La imagino viviendo en sus letras, que ahora leemos nosotros desde el sofá, como quien ve, con agrado, una película.

El fuego de las flores del flamboyán aún no ha aparecido, ese árbol que contemplé hace unos días en África, en una calle de Windhoek, plenamente florecido de rojo, como el fuego del invierno, como el calor de Cuba, como las letras que se escriben cuando el corazón, ya ha vivido.