Sin cobertura

Escribo este artículo antes de sumergirme en la falta de cobertura.

Entiendo que esto para muchos, también para mí, la verdad, supone una suerte de angustia que aprecio cada vez que invito a alguien a mi casa donde intento que estén lo más a gusto posible, con todo lo que un invitado puede querer, tras haberlo comprendido tras muchas noches de hotel en muchos lugares del mundo acompañando a mi marido en alguno de sus viajes, donde aprendí a distinguir el hotel con batín o sin batín, y con zapatillas. Esos detalles maravillosos que te gustan y que no cuestan nada por lo que, sí, pongo batín para los invitados, y toallas y sábanas muy blancas, y almohadas de dos alturas, y una manta por si acaso, incluso cubrecolchón eléctrico para evitar esa sensación de las camas en Galicia que siempre, siempre, siempre, están húmedas, como si en ellas durmiera la niebla.

A mayores, como dicen también por esa tierra que amo hasta las trancas como si no hubiera nacido en el desierto, procuro que haya unos platos con fruta fresca, chocolatinas, flores silvestres recién recolectadas del campo, agua mineral fría en un termo y ahora también, desde que me lo indicaron nuestros buenos amigos Ari y Javier, una jarra que caliente el agua de manera eléctrica, que es como mejor se calienta ya sea para una infusión o un café, además de una neverita llena con toda suerte de latas y yogures y una cocinita por si apetece hacerse algo al margen de la comida de casa, y una gran televisión con un gran ventanal desde donde no se ve el mar, el agua de la ría, porque unos eucaliptos me la tapan pero que algún día se verá.

En el baño, reconozco que es donde me explayo, con champús de varios tipos, esponjas de mar, cremas limpiadoras e hidratantes, y nada de botecitos pequeños, todos a estrenar y grandes, con maquinillas de afeitar, espuma, colonia de Álvarez Gómez, etc., etc., etc.…además de un letrero que he de reponer, que estuvo escrito a mano con pintura blanca y letra inglesa sobre el cristal de la mampara de la ducha para que nadie se tropezara ya que, al ir desde el suelo, no se veía, y donde pedí que escribieran a dos líneas: “Me he vuelto, y era sólo la lluvia, hablando otra vez con los cristales”.

Y por esos cristales, que son los de la ventana de la ducha, se ven los hórreos de Manuela, y el valle, y una azalea que florece en primavera y una cala que ha nacido no sé cómo porque no la planté yo sino, con todo probabilidad, algún pájaro desde la semilla; y así, mientras te estás duchando, las plantas te tapan como en una selva y se filtra la luz del sol, o esa luz que brilla todavía más, que es la luz de la lluvia.

En fin, una maravilla.

Tanto, que al comprobar que los invitados vivían infinitamente mejor que nosotros, nos trasladamos a esa habitación mi marido y yo cuando se fueron los hijos de casa y, viendo al amanecer el paisaje a los pies de la cama, por esa ventana estratégicamente situada, decíamos cada día: “De aquí no nos vamos”.

Claro que cuando trasladamos incluso nuestra ropa a ese gran armario que es casi una habitación donde cabría lo que guardan el resto de los armarios de la casa, humildes, atiborrados, pequeños y verdaderos, nos llevamos algo esencial: ese aparatito sin ninguna voluntad de belleza ni de confort que es el router para que llegara la conexión wifi.

Cuando tenemos invitados, abandonamos su habitación, no sin antes llevarnos el wifi.

Desde hace algunos unos años, vengo observando, que, tras instalarse, lo primero que nos preguntan los amigos es: “¿Cuál es la clave?”

“Lo siento, no llega el wifi a vuestra habitación”; les decimos, y cada vez me cuesta más decirlo.

Porque entonces ni sábanas, ni fruta, ni neverita, ni armario, ni maravilloso paisaje por las ventanas. Que hasta libros pongo en la mesilla. Que finalmente leen, claro.

Y el caso es que lo entiendo porque a mí me pasaría igual.

También yo, cada vez que voy a un hotel, lo primero que pregunto últimamente es la clave del wifi.

Ya ni siquiera miro si hay batín.

Pero esta vez no vamos de hotel, sino de acampada al desierto y estaré fuera de cobertura una semana, y puede que más, ya que a nuestro regreso, y tras la Navidad, pienso encerrarme un par de meses en una suerte de habitación de invitados que es la de mi pensamiento cuando no piensa en otra cosa que en escribir para que las manos no se distraigan del dictado de las nubes, que diría Truman Capote.

En realidad, no necesito ni wifi, ni flores, ni fruta, ni nada de nada.

La mejor habitación está hecha para mí sólo de palabras.