Namibia

Con la maleta casi hecha; bueno, más que maleta, un macuto con ruedas, escribo este artículo antes de irnos a Namibia.

Delante de mis manos mientras escriben, un libro rojo de arena y azul de cielo, con un gran órice en la portada de antifaz negro y unos cuernos muy rectos y muy largos, uno de esos antílopes que pueden pasar los días bebiendo de la humedad de las raíces y que aquí aparece ramoneando un arbusto aparentemente seco con una gran duna de arena rojiza al fondo que parece haber caído como un sol, o como la arena de un reloj transparente que tuviera el mundo en el cielo, donde en lo más alto ha colocado el editor su título : “This is NAMIBIA” , dando una idea con esa tipografía en letras mayúsculas de la vastedad del lugar al que nos dirigimos.

Esto es NAMIBIA.

Aún no sabemos casi nada de este país africano, pero sí que es tan grande que deberemos realizar varios desplazamientos en avioneta para poder abarcar el máximo posible en poco más de una semana de viaje; de ahí que la limitación de equipaje sea estricta en cuanto al peso, no más de doce kilos por persona, para que la avioneta levante el vuelo sobre la arena.

Dice nuestro amigo Rafa, guía y organizador del viaje, de quien nos fiamos completamente, que este vuelo será inolvidable por todo lo que veremos abajo, y que a mí ha empezado a recordarme a la película del paciente inglés, en el que sobrevolaban unas dunas que parecían mares.

De blanco y de arena, estoy haciendo el equipaje, y de azul para el mar, y de negro para la noche, cuando nos sentemos a contemplar, al calor de un fuego, las estrellas de mi infancia africana, con la Cruz del Sur en lo alto.

La verdad es que desde que nací, no he vuelto al desierto.

Tenía cuatro años cuando nos marchamos, casi cinco, y sin embargo recuerdo todavía hoy con deslumbrante claridad el océano, la arena y el cielo. Esas playas inmensas donde decían que había focas; también en Namibia hay focas y leones marinos, ¡y hasta pingüinos!; y a mi abuela Mary con el agua hasta los tobillos pescando bailas con una línea. Solía presumir Mary de que la mujer de Charles Lindbergh, Anne Morrow, se había bañado en la bañera de su casa en la colonia de Río de Oro, donde vivían mis abuelos cuando, tras el dramático secuestro del primer hijo de Lindbergh tras sobrevolar sin escalas el océano Atlántico, se llevó a su mujer por el mundo en un hidroavión llamado “Tingmissartoq”, que en esquimal quiere decir “el que vuela como un gran pájaro”. Hay una foto en mi casa donde está mi padre de niño con mis abuelos y con Anne y con Charles Lindbergh, cuando hicieron escala en Villa Cisneros, con el desierto al fondo.

Varias generaciones de mi familia vivieron en el desierto.

Cuando el domingo vino mi padre a comer a casa, le noté un poco ausente y le di el libro de Namibia para que se distrajera, y entonces empezó a hablar.

No paraba de decir, como para sus adentros, “qué bonito, qué bonito”, feliz como un niño entre la arena del tiempo.

Sé que en la soledad del inmenso desierto de Namibia me voy a encontrar como en casa.

Tengo miedo de ir.

Y de no querer volver.