Antártida

La Ántartida es para mí una voz de mujer.

La voz de Josefina Castellví, al otro lado del teléfono, contándonos cómo trataba esa mañana de hacer café, obteniendo primero el agua del hielo en la base Juan Carlos I de la que llegaría a ser jefa.

Su voz sonaba con eco azulado.

Habíamos llamado desde la radio, cuando las conexiones no eran como ahora y hablábamos a través de un satélite que costaba una barbaridad cada minuto. A mí, aquella posibilidad para hacer un programa de radio, me parecía un lujo. Me sentaba delante del teléfono y pensaba: “¿A quién llamo?” A Octavio Paz, para hablar de la lluvia; a Miguel Delibes, de los robles; a Torrente Ballester, de las playas de su infancia; a Chillida, del viento. Siempre he creído que el arte, la escultura, la música, la poesía… tienen una capacidad de aprehender conceptos que a la ciencia se le escapan, y utilizaba aquel teléfono para llamar a cualquier lugar del mundo donde hubiera alguien que, con su voz, nos pudiera proporcionar algún cabo que atrapara aquella mañana. Y Josefina Castellví, siendo científica, nos trajo la Antártida con la calidez de su voz doméstica, como si estuviera en su casa, que tal vez lo eran aquellos paisajes que nos describió mientras preparaba el primer café del día.

Llamamos también a Antonio Calvo Roy, por su libro “Antártida. La catedral de hielo” donde comprendí por vez primera la gran diferencia entre el polo Norte y el polo Sur, ya que el Ártico es un océano rodeado de tierras con subsuelos helados y una banquisa inestable hecha de hielo de agua marina con sales disueltas; mientras que la Antártida es un verdadero continente, tierra firme sobre la que se acumula el hielo que constituye la mayor reserva de agua pura y dulce del mundo.

Esa agua pura que obtenía Castellví en la base antártica cuyo emblema es un charrán ártico, el ave que Colón llamó “garjao”, la primera ave que nombra en su “Diario de a bordo” copiado por fray Bartolomé de Las Casas y que, por la fecha de avistamiento, y por estar en mitad del océano Atlántico, podría tratarse, a mi parecer, de un charrán ártico en su migración otoñal hacia la Antártida.

Como por la estela invisible que deja al volar un pájaro, conectamos a Castellví con Calvo Roy para que hablaran en directo entre ellos y recuerdo que mi maestro, Mariano de la Banda, desde la pecera, dijo: “Este programa está quedando de premio”.

Nunca lo presentamos a nada.

Quedó en el aire el eco del hielo.

Pero cuando escuché este fin de semana que se han puesto de acuerdo 24 países y la Unión Europea, tras muchos años de disquisiciones, para crear la mayor reserva marina del mundo en el mar de Ross antártico, me he acordado de Josefina Castellví, y de tantos otros científicos que han logrado, con su labor de investigación en una base alejada de todo, este premio de dejar en paz, al menos en un lugar, la Naturaleza.

Enhorabuena.