Casa de la lluvia

Puede que no haya nada más acogedor que la lluvia.

Cuando echo de menos mi casa en Galicia, a la que añoro como si estuviera viva, y en la que pienso cada día, lo que más echo en falta son los días de lluvia.

Había lluvias de muchas clases, que el agua, como el trigo al inclinarse con el viento, tiene mil maneras de caer del cielo y esto ya lo describió muy bien Wenceslao Fernández Flórez en “La casa de la lluvia”, un librito de tapas de tela azul oscura que me trajeron mis padres en uno de esos viajes que hacían cuando venían a verme al fin de la Tierra donde me había ido a vivir. Puede que entonces tuvieran la misma edad que tengo yo ahora. Solían venir en su propio coche y a veces me traían cosas mucho más grandes, como un espejo de mi bisabuela, o cosas sin importancia, una jarra de cristal, o una tetera, que guardo y llevo de un lado a otro como si fuera lo más importante que tengo; y puede que así sea porque es ver esas cosas y acordarme de cuando mis padres eran aún jóvenes y mis hijos todavía niños… cosas en las que el tiempo se ha quedado detenido mientras pasa, y afuera llueve.

Ya desde pequeña, seguía la lluvia en los cristales, la manera en la que caían las gotas de agua, cómo una gota podía empujar a la otra, y cómo los cristales se llenaban de un vaho sobre el que se podían escribir cosas invisibles y que a mi madre le desesperaba porque decía que los ensuciaba.

Cuando pusimos en mi casa de Galicia un cristal para la ducha, era tan transparente que la gente se daba con él como si no existiera por lo que mi marido me dio la idea de escribir en el cristal una de mis frases, y así lo hizo un pintor, con un molde, en letra inglesa:

Me he vuelto, y era sólo la lluvia, hablando otra vez con los cristales

La verdad es que quedó mucho mejor que esos grandes puntos que a veces se ponen en las puertas de cristal a la altura de los ojos para que la gente no se tropiece con ellos, e incluso como era en el cuarto de los invitados, a todo el mundo le gustaba, antes de ducharse, leer las letras que hablaban del agua; pero poco a poco, no sé si por el calor, o por el vaho, o por el tiempo que acaba por empujar todo al suelo, se fueron las letras cayendo, lo cual no me gustó nada, como si de un mal presagio se tratara, y después de quitarlas del todo porque un letrero al que le faltan algunas letras es como una sonrisa desdentada, quedó de nuevo el cristal en blanco, y aún hoy está esperando que se me ocurra alguna otra frase de la lluvia, o del agua, para escribirla sobre la superficie transparente.

Veo llover en Madrid y me acuerdo de mis paseos por el campo, cuando iba hasta el río de los Caballos bajo la lluvia, sin importarme en absoluto que hubiera barro en el camino, o que estuviera completamente empapada bajo el paraguas, porque luego te quitabas las botas y te dabas una ducha y veías llover desde el sofá y ya no le pedías nada más a la vida.

Luego llegaban los niños del colegio, y jugaban y merendaban y terminaban los deberes y se bañaban y cenaban y se acostaban y les contabas un cuento inventado.

Se hacía de noche.

Seguía lloviendo.

Pero era como si hiciera sol.