Día de las escritoras

Hoy, 17 de octubre, se celebra el día de las escritoras.

En la Biblioteca Nacional, un par de pisos más abajo de donde escribo, bajo una cúpula de cristal que hoy está nublada, se celebrará este día leyendo lo que escribieron algunas de las mujeres que tanto he leído.

Se me hace raro estar aquí, sobre mi pupitre de madera de castaño, con un reloj, las seis y cuarto, que me dice que se me hace tarde leyendo.

Se me pasa el tiempo sin haber escrito nada, como un viento sin hojas.

En realidad yo vendría aquí, para leer, si pudiera, todos los días.

Hay un algo en las bibliotecas que me atrae como un imán, y debería decir que son los libros, pero creo que es más bien este silencio, interrumpido de vez en cuando por las primeras toses del invierno en los pulmones.

Pedí hace un rato, de Juana de Ibarbourou, una de las escritoras de las que se hablará esta tarde, sus obras completas, creyendo que me traerían unos tomos muy pesados, y me he vuelto a mi pupitre, hoy el 143, con un librito ligero como un misal, de tapas de piel marrón oscuro, como de cáscara de castaña, y letras doradas, de la antigua editorial Aguilar, con varias fotos de “Juana de América” y la verdad es que era muy guapa.

Suele aparecer con un sombrerito, como de los años veinte, la tez muy pálida, el pelo oscuro, la boca muy pintada de rojo, o eso me parece, aunque la foto sea en blanco y negro. No entiendo ahora cómo, habiendo ido en más de una ocasión a Montevideo, no busqué su casa, pero sí sus libros, por una calle que estaba repleta de librerías y de pájaros enjaulados. También me hice una foto al lado de una palmera que había en la playa donde estaba un monumento al que me llevó un billete uruguayo con la imagen de la escritora.

Es así como yo entiendo la cultura, un ir encontrándote con las cosas, sin ir a buscarlas, como este libro que acabo de abrir y donde acabo de descubrir algo que no sabía y es que, según Unamuno, el apellido “Ibarbourou”, que era el de su marido, en vascuence significa: “cabecera del valle”.

Me llama muchísimo la atención en la poesía de Juana de Ibarbourou precisamente esa relación que tiene con la naturaleza, pues ella la ve en todas partes, como en el poema “El nido” de su “Raíz salvaje” donde dice: “Mi cama fue un roble/ Y en sus ramas cantaban los pájaros”. O al revés, al transformar la naturaleza en algo cercano: “¡Si vieras qué cama tan suave es el pasto (…)“ estableciendo lazos de unión que nunca deberían de haberse separado.

Sería como ver un bosque en estos libros, o el pupitre en una rama, el cielo en la cristalera, la tierra de un campo en la maceta, o la esfera del mundo en el reloj…mientras se me hace tarde.

Todavía hoy recordaba lo que acabo de releer y que tanta gracia me hizo de esta escritora en su día, y es lo que escribe a propósito de las manchas de humedad que salen en la pared, y que tan bien conocemos y reconocemos los que tenemos casa en el norte, donde siempre hay una esquina donde van a dar todos los vapores de la casa, como si de la puerta de los fantasmas se tratara.

Juana de Ibarbourou les dedica una descripción maravillosa en su “Las manchas de humedad” de los cuentos de “Chico Carlo” de su infancia…”Frente a mi vieja camita de jacarandá, con un deforme manojo de rosas talladas a cuchillo en el remate del respaldo, las lluvias fueron filtrando, para mi regalo, una gran mancha de diversos tonos amarillentos, rodeada de salpicaduras irregulares capaces de suplir las flores y los paisajes del papel más abigarrado.”

Me pregunto qué leerán dentro de un rato de Juana de Ibarbourou aquí abajo.

Si te suenan y resuenan los oídos del alma cuando en algún lugar del mundo alguien lee, en voz alta, lo que escribiste una tarde.