Una pena

No consigo quitarme esta sensación de tristeza que me ha dejado la película que vimos ayer por la tarde, “A quiet passion”, traducida como “Historia de una pasión”, a propósito de la vida de la poeta, o poetisa, Emily Dickinson.

No es tanto que la película fuera buena o mala, que eso deberán juzgarlo los críticos y el público, sino porque me rebelo ante la idea de que los muertos no tengan ningún derecho sobre su vida.

Me pregunto si no hay alguna forma de proteger la memoria de quien, hasta para quien intentó ser discreto, se abre en dos su tumba, de manera tan burda que la tierra que tiene al lado es poquísima comparada con el agujero que se excava hasta las entrañas de su ser, revelando que se ahondó donde no se debía, y lo que es aún peor: sin trabajar mucho.

Todo esto no tendría la menor importancia si la figura de la que se trata no hubiera empeñado su vida en la concisa belleza de la frase exacta, algo difícil de entender para el director y guionista de esta película, que escribe todo seguido.

Me parece asombroso que se haya podido hacer una película sobre la vida de Emily Dickinson sin un plano que tuviera algo de ella, es decir: de verdad. Todo rezuma decorado, hecho deprisa y corriendo. Ni las flores del jardín parecen auténticas, y se organizan haciendo arcos profusamente florecidos como los de la corona de un difunto y luego más flores amontonadas sin ninguna armonía, como jamás se diría que hubieran crecido en el jardín de Dickinson. Hasta el jarrón de cristal que aparece una y otra vez con flores, en diferentes estancias, es el mismo. No resulta creíble. Tampoco la actriz elegida para representar a Emily Dickinson, intérprete de “Sexo en Nueva York”.

¿Es una broma, o no ha entendido nada?

Se queda en la superficie, que tiene luz de tocino rancio, sin ahondar en el proceso creativo que nos interesa mucho más que su vida; es más: no nos interesa nada que nos cuente su vida si, como es el caso, está fabulada, llevando a engaño al que no haya leído una biografía concienzuda sobre la vida de Emily Dickinson, que somos la mayoría.

Hay una suerte de manía de creer que alguien que pinta o escribe o realiza cualquier actividad creativa es una especie de ser rarísimo que hay que tratar y retratar para la posteridad como si fuera un mono de feria, y no es más que un ser humano que se ha encerrado para dar lo mejor de sí mismo, y no para que un guionista reconvertido a director le inmortalice de manera tan burda. ¿Cómo alguien puede tomarse una libertad así, utilizando el nombre real, sin ninguna consecuencia?

Solo espero que Emily Dickinson le visite cada noche, vestida de blanco.

Porque la historia que se nos presenta como rigurosa está llena de ausencias clamorosas, ¿dónde está el juez viudo Otis Phillips Lord?, último amor, y quizás único verdadero y real de Emily Dickinson, durante nada menos que seis años, que el director pasa por alto, aún siendo casi la única persona de fuera de su casa que accede a ver en su aislamiento, y la última merecedora de sus afectos.

Por no hablar de la ausencia casi total de Naturaleza en el decorado artificioso, hasta de luces, que nos presenta, donde no sale ni el viento, ni la tormenta, ni el Sol. No digamos ya el petirrojo al que escribió Dickinson. Ni un pájaro, ni una hierba, ni una flor que parezca una flor verdadera.

Nada sobre su manera de escribir. En la película aparece como una neurótica que se levanta antes del amanecer, que escribe como si escribiera cartas a sus amigas, y luego cose sus poemas. No se cuenta nada de su técnica maravillosa, de sus silencios escritos, de la forma en la que capta cada imagen y la convierte en sensación y en palabra. Eso sí, se explaya con todas sus miserias y excentricidades sin atisbar a ver lo relacionado que estaba con la progresiva concisión en su manera de escribir.

Era mucho pedir a una película, que estuviera a la altura de los poemas de Dickinson, pero no esperábamos esto.

No hay nada peor que la belleza forzada, y todo está forzado, hasta la lentitud está forzada a ser lenta.

Habrá quien considere esta cinta una obra maestra, incluso a la actriz quizás le otorguen un Oscar. Las críticas españolas, son maravillosas, lo cual ahonda en mi tristeza. Me siento más sola que la poetisa en su cuarto.

Sólo espero que aparezca alguien que remiende este entuerto y le haga a Emily Dickinson una película a su altura.

O al menos que nos muestre un poco los paisajes, o si enseña el jardín, que no esté tan impostado de una multitud de flores recién traídas del vivero.

La poesía, no es eso, señor Davies.