El concierto

No sabía que Manuel de Falla había vivido en París.

En realidad, no sabía casi nada de su vida, cuando el domingo por la mañana acudimos a uno de esos conciertos donde estamos como mucho veinte personas, en este caso para un dúo de violonchelo y guitarra clásica de la mano de Ángela Rubio y de Nacho Casatejada.

En cuanto sonó la música, todo empezó a bailar, la sombra de las hojas en el suelo sobre el sol que entraba por la ventana, y que hacía de alfombra luminosa, a los pies del violonchelo y de los zapatos de Ángela Rubio, negros pero como esos que queríamos tener de pequeñas, rojos y de lunares blancos, de gitana, como para bailar flamenco.

Movía la violonchelista los pies, mientras el violonchelo quedaba firmemente clavado por una suerte aguja, que imagino tendrá un nombre que desconozco, parecida a la mandíbula de un pez espada que tocara tierra, y de ahí a una especie de lengüeta que por un lado sujetaba el pico del violonchelo (que ahora leo, es de acero y se llama pica) y de otro, una de las patas de la silla. No entiendo por qué me fijo en estas cosas sin importancia.

Mientras, la música bailaba como un agua, mientras las sombras de las hojas de las falsas acacias de la calle, parecían navegar, sobre el sisal de la alfombra al soplar el viento entre las ramas; un viento que no llegaba a tocar la habitación, al estar las ventanas cerradas, pero que hacía acto de presencia con este bailar de las sombras que semejaban un fuego mientras interpretaban la “Canción del fuego fatuo” (El amor brujo).

De vez en cuando, Nacho Casatejada, como buen maestro, nos iba contando cosas de Manuel de Falla, la admiración por su amigo Maurice Ravel, a quien también interpretaron, además de hablarnos de la influencia del impresionismo, la pintura hecha música, la música pintando ese aire que llega a los oídos.

Interpretaron magníficamente una pieza poco difundida de Falla, con un título hermosísimo, “Oración de las madres que tienen a sus hijos en brazos”, sobria como lo que era, una oración, pero con una letra muy dramática de María de Lejárraga, “(...) te pido que este hijo mío, no / sea soldado!” y que no gustó en su tiempo por la facilidad de la rima y porque en aquel momento eran días de guerra.

Todas estas cosas que íbamos aprendiendo con la música, se quedaban volando en el pensamiento mientras aparecían notas que resultaban familiares, porque al final la importancia está en no tener que firmar las cosas.

Que se vea un cuadro y se sepa de quién es; que se escuche una música que lleva, hasta para un oído inexperto, la firma en cada nota.

Lo cual quiere decir que ahí se dejó, Manuel de Falla, el propio ser.

Como una luz, el fuego del sol, danzando con la música sobre la alfombra.