De azoteas

La Naturaleza de la ciudad está en el cielo.

Los edificios son los mismos, la gente pasa, pero el cielo cambia como si estuviera vivo.

Me asombra este cielo de Madrid, tan lleno de luces.

Al amanecer, rojizo, amarillo por la tarde, jalonado de rojos y azules, con una soledad que ha quedado en el aire desde que los vencejos se fueron.

Veo a las palomas, volver cada mañana al parque del Retiro, con el mismo horario que las personas a sus trabajos. Todo es un ir y venir en un corto espacio de horizonte para los ojos, que echan de menos el mar.

Me voy subiendo por los tejados, para ver, a lo lejos, que es lo que más necesito, echar la vista a volar, y allí está, bajo mis pies, el mar rojo de los tejados, con la belleza de la repetición aunque no veas ninguna casa en concreto, solo este mar de ladrillos y de tejas, sobre el azul de una piscina de azotea.

Frente a mí, el edificio España, esa ballena varada que es un gran edificio vacío, donde aprecias que lo más importante de una casa, es la vida que tiene dentro; el latido de la arquitectura somos nosotros, yendo y viniendo, entrando y saliendo, subiendo y bajando las persianas, asomándonos entre las cortinas a mirar el atardecer del cielo, única naturaleza de la ciudad, donde la luna recorre igual la noche con la misma indiferencia que sobre un desierto o sobre el bosque más hermoso, nada hay más indiferente que la luz, alumbrando todo, incluso cuando llega por el recado luminoso del sol, reflejado en la luna.

Todo esto lo veo desde la alto del Dear Hotel, al final de la Gran Vía, por donde podría decirse que he venido dando un paseo, pero no sería cierto, que llegué abriéndome paso, como podía, entre la gente.

Desde esta azotea se ve la Casa Gallardo, que es uno de los más hermosos edificios de Madrid, pero que le ha pasado como a tantos otros, que se ha quedado con muy poca acera, y es difícil contemplarlo con toda su belleza, que es lo que siempre me ha parecido: que habría que tener en cuenta la importancia del marco. Ya no es sólo cómo hagamos las cosas, sino el lugar, dónde las ponemos, de qué las rodeamos, y me parece que esta Casa Gallardo como se aprecia mejor es así, surgiendo de entre los árboles, los plátanos de sombra de la plaza de España que, vista desde arriba, parece de juguete.

Las aceras pequeñas nos acercan tanto a los edificios que no los vemos, como cuando nos ponen algo muy cerca de los ojos, y así, en la lejanía, desde una azotea, podemos soñarlos como los soñó un día su arquitecto, que según leo ahora, fue Federico Arias Rey, quien llenó esta Casa Gallardo de hojas de acanto esculpidas.

El ecólogo Margalef sostenía que “la acción del hombre es menor cuando se conserva una vegetación de estructura arbórea”, y desde aquí se ve perfectamente la necesidad vital de dejar más espacio entre los edificios para que quepan más árboles y más tierra y haya más perspectiva para contemplar lo que se hizo para ser habitado.

He adquirido esta manía de ver Madrid desde arriba, como para no llorar al notar la tierra de mis pies tan lejos.

Porque voy andando por las aceras añorando la tierra, y deseando que al menos refresque un poco.

Que las ciudades, son para el invierno.