Salvad Doñana

Me acabo de instalar de nuevo en Madrid.

Es curiosa esta sensación de volver a la ciudad.

Es como si todo se te cayera encima, como si entraras en una vida de ciencia ficción, al lado de la realidad de la tierra y de los días.

Mientras estoy en el que considero mi hogar, que es mi casa de Galicia, los días no pasan, vuelan, pero no por la velocidad que llevan sino por cómo pasan, igual que un pájaro, con la misma manera de tocar con las alas los segundos del aire.

En Madrid, el tiempo vuela aún más deprisa y cada aletazo es casi una bofetada porque va tropezando con los ruidos y con el tráfago y con las cosas que van y que vienen sin más paisaje al fondo que el de unas nubes que a veces, sobre los árboles del Retiro, con su otoño adelantado por la sequía, me parecen bosques. Bosques de nubes en lo alto.

Me he puesto hoy a escribir lo más cerca posible de la terraza donde las plantas, milagrosamente, no sólo han sobrevivido sino que hay un jazmín florecido, lo cual demuestra que a la luz le da igual donde llegue, porque el jazmín es sordo y quizás ciego y florece alumbrado por esta luz y por esta agua del riego que le he puesto y que no le importa que no sea la de la lluvia del cielo directamente porque con la luz y con el agua y con un poco de tierra, se conforma.

Pienso que por aquí todo es un poco así.

Nadie se pregunta casi nada que tenga que ver con la Naturaleza.

Todo lo verdadero es como si no existiera, igual que no existen las estrellas, aunque estén ahí cada noche.

La Naturaleza, incluso la luz, se guarda en la ciudad pintada en los museos.

La verdad viva y volandera no existe.

La tierra, la marisma, el aire, las dunas, los lucios, los nidos de las noveletas… ¿qué es eso?

Si pusieran un polígono industrial alrededor del Museo del Prado, o de la Giralda, todo el mundo se echaría las manos a la cabeza.

Porque están dentro de una ciudad.

Pienso en la soledad nocturna del Parque Nacional mientras pasan los días como si no pasaran, quitando la vida a Doñana, que es el agua, y ordenando a su alrededor disparates.

Ya no están José Antonio Valverde, con su arrojo, que hasta escribía cartas a Franco, ni Luc Hoffman, ni Francisco Bernis, ni Mauricio González-Gordon, ni tantos otros que consiguieron que alguien viera la Naturaleza en los despachos.

¿Quién salvará, esta vez, Doñana?

Otra vez hay que impedir que se haga todo, para que no se haga nada, que es así como se conserva la Naturaleza, dejando que escriba a su manera, sin que nadie la interrumpa como el piano de un vecino a Juan Ramón Jiménez.

Dejar que vuele como un pájaro escribiendo su propia poesía sobre los días.

Y alrededor, aire y páginas en blanco.