El vestido de la novia

Como viera García Lorca en la barba de Whitman, me pareció ver mariposas en la cabeza de la novia.

La noviaSe diría que la llevaban en volandas unos centímetros por encima del suelo sobre el que caminaba como sostenida por esos pétalos que parecían alas de lepidópteros que habían subido volando desde cualquiera de los dos ríos de la aldea, atraídos por los colores del vestido de la novia, hecho con una organza que no era blanca del todo, sino de un blanco roto en mil pedazos, como las trizas del Paraíso, como un cielo que de azul es blanco, con todos los colores bordados que pueden tener las flores para hacer cenefas y formas extrañas de tonos vivos, fucsias como los labios, azules como los ojos.

Nunca un vestido de novia ha expresado tanto lo que sería la boda.

Porque fue toda así, inocente y colorida, afectuosa y sincera, alegre y despreocupada de todas las preocupaciones de la vida.

Incluso los invitados, estaban llenos de colorido sobre el fondo gris oscuro de una nube y ese verdor lavado, como recién nacido a la luz, que queda tras la lluvia bajo los manzanos de los que caían hacia la tierra, rotundos como pasos que ya quieren enterrarse, los primeros frutos en sazón, verdes y rojos por el suelo, con las peras limoneras llenas de agujeros porque los estorninos, al atardecer, las tiran desde las ramas para picotearlas sobre la tierra firme, que hace de yunque, mientras se cantan unos a otros lo primero que oyeron en el nido, desde el silbato del tren, o el canto de un gallo, al murmullo del aserradero.

Imagino que cayeron también al suelo muchos frutos cuando, antes de la boda, el padre de la novia, para tirar como lágrimas el agua caída por la mañana del cielo, arreó los troncos de los manzanos como si fueran gamberros que quisieran venir a estropearle la boda a su niña con esa lluvia en diferido que llueve, cuando ha dejado de llover, bajo las ramas.

Pero no llovió de ninguna de las maneras mientras se celebraba la boda, tras bajar por las hortensias de la fuente, con el sonido de fondo de una gaita, la novia tirando del brazo del padre, porque ella es así, una fuerza de la Naturaleza vestida de inocencia, y así es como la queremos, que yo a mis sobrinas las quiero a todas muchísimo, tal y como son, al ser las hijas que no tengo.

Habló maravillosamente una de ellas, Nora, representando al resto; y también habló el alcalde y mi marido y la hermana del novio, y el poeta Antonio Lucas con palabras de amigo.

Yo sólo puedo decir que la novia llevaba mariposas en la cabeza.

Que parecía no ya Frida Kahlo sino una pintura en la que estuviéramos todos dentro con el gris profundo de la nube que no cayó, y el verdor alegre de los viejos manzanos.

Después todo fue así, como en un cuadro, como en una película que quieres ver mil veces, donde no había otra cosa que risas y una lluvia que abrigaba y colores por el aire, mientras bailaba la novia y daba vueltas como las cosas que no regresan.

Puede que la felicidad no se vea del todo hasta que ha pasado.

Que tenga que ser el vestido de la novia el de una estampa en sepia en nuestro recuerdo para alcanzar a comprender lo felices que fuimos la otra tarde en casa de los abuelos, Tito y Carmiña, quienes tanto nos enseñan sin decir una palabra.

La alegría, llena de color, del amor que no pasa.

Javi y Loreto, felicidades.