El viñedo

Fuimos a las Rías Bajas, que es como ir al verano del verano en esta Galicia soleada.

No es ya que cambie la temperatura, hay tres o cuatro grados más, según te dicen, sino que cambia la luz, como si los viñedos proyectaran una luz más clara, de vino albariño.

Según te acercas a Meaño, en la comarca del Salnés, la claridad se hace con todo, una luz clara que huele a fruta, con el mar al fondo; una luz dorada, como de otoño sobre el verdor, porque el sol está, a pesar del calor, ya más bajo sobre el horizonte, como echándose a sestear sobre los días tras el agotador verano.

En la bodega nos esperaba Manuel Méndez, vistiendo una camiseta con la marca de sus vinos Do Ferreiro, por su abuelo, que era herrero. Su padre, Gerardo, se fue sin embargo hacia la viña, que es un hierro más difícil de domeñar, porque está vivo.

Padre e hijo hacen un vino con una etiqueta de un verde muy profundo como si, más que la uva albariño hecha vino, contuviera todo su amor al viñedo que se nota en cada gesto, en cada palabra, en la manera en la que vigilan las uvas como si fueran las niñas de sus ojos mientras preguntábamos bajo el emparrado tratando de no tocar, de no dar con la cabeza a ese tesoro que le ha costado a la tierra siglos.

Porque a nuestro lado había cepas que tenían más de doscientos años, prefiloxéricas, antes de que Graells, me acordé de él, tuviera que investigar cómo combatir la filoxera; y allí estaban las uvas, como recién nacidas, dando al trasluz la prueba de su madurez, al transparentarse ya la pepita, según nos indicó Gerardo en un racimo que parecía dibujado, preciso, precioso, pequeño, hermoso, bien hecho, una excelencia de la naturaleza que no puede ser tratada más que con amor hacia el vino, la viña y la tierra.

El emparrado, era uno de esos que vemos cuando vamos por Pontevedra, haciendo mares pequeños, singulares, sostenidos por vigas de piedra, y que en ningún momento son uniformes, monótonos, mecánicos, sino que están entreverados de cosas y de casas, y que desde la ventanilla del coche parecen sumergidos entre el azul del cielo y el verdor claro, honesto, casi infantil, de los pámpanos, aunque salgan de la más vieja de las cepas, a cuyos pies tenían toda una cohorte de hierbas silvestres que Manuel, con gran sabiduría para su juventud, señaló que habría que estudiar, al ser especies acompañantes.

Cada palabra que decía, la apuntaba yo con el lápiz de los oídos, que no es el de la oreja de los carpinteros, sino con el que escucho y atrapo palabras maravillosas como la de raspón, que es algo así como la raspa del pescado, la espina del racimo, el esqueleto vegetal que sostiene la uva.

Después catamos el vino de una producción limitada, “cepas vellas”, que puede que sea el mejor albariño que he probado en mi vida.

En contra de lo que suele decirse, el albariño viaja bien por el mundo y una buena parte de las uvas que vimos cruzarán el Atlántico hechas vino, ese mar que navega en botella.

Salí de allí pensando en la maravilla que sería tener un viñedo, no por el vino, sino por la luz, aunque esto es tan difícil de explicar, por qué querría yo tener la luz de un viñedo, que lo dejo para otro día.