Océano de eternidad

Tres noticias han pasado casi desapercibidas este verano.

La primera es que este año se ha adelantado 4 días con respecto a 2015 la fecha en la que se ha pasado el límite del gasto para la Tierra, ya que el 8 de agosto, según los cálculos de la Global Footprint Network, las emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera han superado ese día lo que los bosques y los océanos son capaces de absorber.

Da la impresión de que hay para nosotros una realidad mayor que la real, y es la de nuestra pequeña rutina, de vacaciones o de vuelta de las vacaciones, en la que nos envolvemos para no ver nada.

Recuerda este modo de vivir a los mecanismos de los organismos unicelulares que para protegerse de lo que les rodea, tienen una membrana.

Pocas personas poseen la valentía de romperla para imbuirse del medio y, tras tomar plena conciencia, poner de acuerdo a todo un entramado de sistemas muy distintos para que se unan y avancen en una misma dirección.

Comentaba este verano, en una conversación sobre el mar, que se echa en falta en estos momentos un líder mundial que tome, sobre sí, el peso del problema que supone la situación actual de la Naturaleza en la Tierra.

Creo que toda la investigación debería centrarse, prioritariamente, en el conocimiento de lo que nos queda, y en la descontaminación, para tratar de obtener el imposible regreso a la situación más parecida que había antes de que empezáramos a desordenar, a polucionar que diría Ramón Margalef, hasta las especies.

Este mundo, que siempre fue un caos, ahora es un caos sin orden ni concierto.

Pero siempre hay alguien inteligente, es decir esperanzado, o por lo menos que infunde esperanza como el “quiero creer que creo” de Unamuno, y la esperanza la tengo desde que escuché al profesor de Biología Ártica y Marina, Paul Wassmann, llamar al Ártico “océano de eternidad”, mientras pedía que se profundizara en su conocimiento, no para los próximos cinco años, sino para todo un siglo, porque los recursos del Ártico, bien gestionados, podrían ser un océano de eternidad, como el campo de un labrador a su familia por generaciones.

Imagino su pesar cuando leyó la segundo noticia que ha pasado por las cabezas pensantes bajo las sombrillas de las playas casi desapercibida, sobre la posible contaminación del Ártico por una base militar abandonada. Otro desorden que resolver en el futuro.

Se echa de menos que no haya un líder. El papa Francisco, conocedor, parece ser, de la verdadera situación, está teniendo importantes gestos, con esos comentarios en pleno vuelo, valiosísimos; o esa Encíclica que es una pieza para guardar, estudiar, leer y releer, y que se ha analizado menos de lo que se debía, quizás porque viene de un sector muy concreto de la población, y esto es algo que debe atravesar el mundo, de forma imaginaria, como el eje de la Tierra.

Que tomen conciencia todas y cada una de las personas hasta explotar esas membranas que nos tienen viviendo en nuestro pequeño mundo de cada día, porque no se trata ya, por la velocidad de los acontecimientos, del mundo que dejaremos a nuestros hijos o nietos, sino del mundo de ahora, del nuestro y de las especies que nos son contemporáneas.

Es a nuestra generación a la que le toca este cambio de rumbo hacia un consumo mejor y más lento, hacia una bioeconomía, ese término que se publicó por primera vez en 1913 en el libro titulado “Evolution by Cooperation: A Study in Bioeconomics” por H. Reinheimer pero que fue puesto en circulación a partir de 1972 por el rumano Nicholas Georgescu-Roegen (1906-1994) para expresar la necesidad de aprehender una sabia y nueva visión en la gestión económica, por la que los recursos naturales puedan abastecer, ahora y en el futuro, a la población humana.

Alguien surgirá, un líder mundial, que no atisbamos por ahora.

Mientras tanto, llegan otras noticias, como la tercera de este verano, con la que me quedo: el descubrimiento, en el que han participado investigadores españoles, de una “segunda Tierra” en la órbita de la estrella más cercana al Sol.

Un lugar adonde ir.

A mi hijo mayor, Roberto, es curioso, porque yo se la di, no le gusta que utilice tanto la palabra vida.

Pero puede que la vida sea eso, un océano de eternidad buscando tierra por el Universo.