Pañuelos blancos

Nunca había visto unos pinos tan altos, parecían secuoyas.

Estaban al lado de una pequeña ermita, San Juan, perdida en el monte adonde nos había llevado la prima de mi marido, Mónica Palmeras, a quien llamamos así porque en su casa crecen dos palmeras que plantara su abuelo cuando la carretera era un camino donde jugaban los niños que no le dejaban dormir la siesta, por lo que puso en medio dos pequeñas palmeras que ahora superan la altura de la casa, una hermosísima casa blanca y gris, preciosa, de las que te quedas mirando al pasar, con una vista infinita hacia el valle y con el poniente al fondo, el sol del atardecer, que es lo mejor que se puede tener en Galicia.

Desde allí, los montes se superponen como olas unos a otros, y en el horizonte se ven más azules que verdes.

Me pregunto qué se vería cuando no había tanto eucalipto, cuando los montes, en verano, eran de un verde claro y no de un verde oscuro, verde humo, como son ahora, yesca en estado puro.

Por uno de esos montes nos adentramos, tirando a la derecha de una pista que iba por delante del aserradero, uno de esos escenarios donde se podría rodar una película, entre los palés de la madera perfectamente apilada, como en torres que parecen edificios, o el serrín de distintas clases y colores que había por detrás y que volaba por el monte como las cenizas de un árbol que quisiera volver al bosque.

Algo más adelante, estaba San Juan, una pequeña, perdida y preciosa ermita, con sus cuatro pinos, altísimos, que milagrosamente nadie había talado, probablemente por estar acogidos a sagrado como tantos otros árboles, hayas, tejos, robles incluso, que perviven gracias a que la tierra sobre la que germinaron pertenece a la iglesia y, con la iglesia, ¿quién se atreve?. Otra cosa son los robles centenarios de los caminos, que son de todos y son de nadie, y que se siguen talando impunemente ¡todavía hoy!, cuando son ejemplares verdaderamente únicos en este desierto verde en el que hemos convertido el paisaje, en muy poco tiempo, al hacer de los montes una industria sin limitar apenas, como se hace con los polígonos industriales, la expansión de una especie que utiliza el fuego para su diseminación, sepultando el poco bosque atlántico que nos queda. Y luego decimos que amamos esta tierra.

La rápida transformación del paisaje gallego y portugués a manos del eucalipto es algo cuanto menos asombroso, por no decir lo más lamentable a lo que, en términos de pérdida de belleza y biodiversidad hemos, impávidos, asistido.

Al lado de la ermita hay un pequeño regato de donde sale un agua clara con la que, en la noche de San Juan, las mujeres empapan pañuelos blancos para lavarse bien la cara ya que dicen que la limpia de todo daño; y después los dejan anudados en las ramas de manera que, al llegar, todo alrededor de la fuente, eran pañuelos blancos que caían como lágrimas.

Resultaba algo misterioso, ese reducto escondido, verde y blanco, que te dejaba en silencio, porque era la imagen del sueño imposible de empezar de nuevo.

Ojalá se pudiera hacer con los montes, lavarles la cara, y que volviera la vida a esta monotonía gris, altamente inflamable, que hemos creado.

O, al menos, a partir de ahora, planificar las cosas de otra de manera.

Para no tener que seguir llorando en verano.