Las Médulas

A veces, hay que variar el camino, sencillamente salir de la carretera.

Veníamos de comer en el Parador de Benavente con la ribera del Esla vestida de verano, los chopos muy verdes, los campos amarillentos, para que mi hermano Mariano llevara hasta Madrid, no puedo ni pensarlo, a mis padres, que tenían un funeral al que no querían faltar, aunque en Madrid hiciera un calor de muerte.

Salimos de regreso hacia Galicia por el kilómetro 400, desviándonos por vez primera a “Las Médulas”, esas minas de oro abandonadas que explotaron los romanos en el siglo I y II de nuestra era según, creo recordar, leí en algún panel explicativo.

¡Al fin pude adentrarme por esos montes leoneses que hechizaban al pasar la mirada, con las ramas verdes de líquenes en invierno!

Según avanzábamos por el desvío, todo se volvía magia, como si el oro de esta tierra diera un elevado valor a lo que nos salía al paso, una curva, los geranios de una casa, un techo desvencijado de lascas de pizarra, la manera en la que cierran, con tablas de madera, los balcones, y la luz cayendo de un cielo muy azul, limpio, sobre el verdor, nuevo, aunque antiguo como el oro, de los montes.

Hubo un momento en el que fue necesario detenerse porque los castaños eran tan inmensos que sus troncos se retorcían como una toalla que escurriera los siglos.

Cuentan los que saben que si no está el tronco ahuecado, que es lo último que hace el castaño, sino retorcido, no son muchos los siglos que tiene, aunque estos castaños que tocamos debían tener por lo menos cuatrocientos años, o eso me pareció, con vocación de milenarios.

Estaban plenamente florecidos en las cuatro ramas principales que tenían tras las sucesivas podas por lo que deduje que fueron plantados para obtener castañas y madera, si no por los romanos, sí por sus descendientes, y a la manera en la que ellos lo hacían, como en damero, o al tresbolillo, porque la distancia entre los pies de castaño era perfecta ya que, a pesar del tamaño, no se daban sombra unos a otros, ni chocaban con las ramas de tal manera que la poda natural, que es la que ejerce la falta de luz, esa oscuridad que seca las hojas, no tenía lugar entre ellos.

Sus troncos retorcidos y anchos, la luz de verano, las flores, esos amentos caídos, procuraban la sensación de algo que había sido plantado hace tanto tiempo… y que sin embargo te daba la mano, ¿el que lo hizo?, a través de los siglos.

¡Cuántas veces me contaron que los castaños los introdujeron los romanos!

Y aquí estaba la prueba, alguien que pensó así la plantación, muy cerca del lago de Carucedo que fue hecho de la misma manera, a medias entre la Naturaleza y la intervención humana, como resultas de los estériles que salían de las montañas a las que, para extraer el oro, arruinaban, ¡con agua!

Todo aquí es fascinante y cuando subes al mirador de Orellán y te encuentras con lo que queda, mariposas que no habías visto, brezos y escobas sobre los montes, robles, encinas, castaños, cerezos, curando las heridas, rojizas, de la tierra, te das cuenta de que, pase lo que pase, trepará la vida para borrarlo todo, aunque no quede oro, ni Historia, sobre los días.