El paseante

“Tienes que leer a Walser”, me dijo Javier Reverte.

Estábamos en una cena de noche calurosa sobre un mantel muy blanco. Una pequeña biblioteca al otro lado de la puerta, el jardín entrando, con su olor de tierra recién regada, por la ventana.

Ya entre los libros y las revistas, sentados en un sofá, nos costaba escucharnos, pero Reverte insistía: “Walser, tienes que leer a Walser”, como si me fuera a ir la vida en ello.

Anoté mentalmente el nombre que ni siquiera sabía cómo se escribía, pero en cuanto puse en el teclado las letras que llevaba en la cabeza, apareció el escritor más misterioso de todos los que he leído hasta ahora, aunque no haya leído nada todavía, sólo su historia, su triste y maravillosa historia, de soledad y de escritura.

Decía, según he leído, que se sentía en casa paseando debajo de un paraguas. Lo comprendí todo sin haber leído nada. Esa sensación de pasear, bajo la lluvia, al calor de los pensamientos, escribiendo por el camino a cada paso, con cada mirada, el alma absolutamente abrigada por la escritura que surge así, como la vida más silvestre, espontánea.

Inmediatamente busqué uno de sus libros pero casi todos están en alemán y en inglés, y aunque me pueda atrever con este último, y creo que lo haré para no perderme su música ya que Walser consideraba a la música como una criatura llena de vida, afortunadamente Siruela los ha traducido y acabo de pedir para que me envíen por correo el que más me apetecía, aunque no sé si será el mejor, pero sí para mí el mejor título: “El paseo”.

Según me explicó Javier, existe un estilo de escritura que se define así por los franceses: la flânerie, que se podría traducir por un deambular por las calles y que “es lo más opuesto a no hacer nada” (Sainte-Beuve), porque a medida que pasea y deambula se adueña el flâneur, el deambulador, de lo que mira desde otro plano diferente al de los demás, el de vivir para que el flâneur los observe y llegue a conclusiones maravillosas que a veces ni siquiera escribe pero que le alimentan su alma artística para seguir viviendo.

Se trata de una figura urbana, parisina, de la Francia del siglo XIX, pero creo que podría servir también para el paseante de la Naturaleza.

Yo lo tengo ahora complicado porque están mis padres en casa y resulta muy difícil ir sola y cuando voy con ellos estoy más atenta a las piedras del camino que a lo que voy viendo y aún así, yendo el otro día por una corredoira, un camino rural que sigue la línea de mi casa cubierto de caléndulas que han escapado de los sembrados, algunos más amarillos que trigueños, de tantas flores como han salido este año entre las espigas, pude observar la sombra de un árbol sobre la hierba.

El día era azul y la hierba, muy alta, se movía como si fuera un campo de trigo muy verde. La sombra estaba quieta. Era por la tarde. Caía pesada, oscura y redonda sobre la hierba, y era muy negra, aunque las ramas que la originaran estuvieran verdes.

La sombra de un árbol sobre un campo de hierba. La luz de la tarde. El árbol adelantando la noche a unas plantas.

Sólo pude mirar fugazmente sabiendo que, aunque dejara a mis padres en casa y consiguiera regresar, aquello que estaba viendo, habría desaparecido.

Puede que el flâneur, el paseante, sea un recolector de fogonazos, alguien que aprecia lo que está a punto de marcharse para siempre del mundo, capaz de aprehender, antes de desaparecer, ese instante feliz y desgraciado a partes iguales.

Robert Walser murió en invierno, paseando sobre la nieve, esa hoja en blanco.

Me va a costar mucho esperar su libro.