En verano

Ha amanecido un día seco de verano.

La hierba sigue teniendo agua, por ese rocío que cae de la noche como de haber escurrido una toalla.

En el norte el verano es así, el cielo seco, la tierra por la mañana llena de agua, brillando con destellos como los del mar por la tarde cuando al caer el sol se vuelve blanco como una sábana.

Tengo ganas de verano, de lectura, de escritura, de estar sin hacer nada, ahora que ya tengo la casa abierta, la loza lavada; porque aquí, si guardas las cosas en armarios, cuando regresas y los abres, hay que volver a lavarlo todo ya que esa agua, que vuela con el aire, se ha posado sobre las cosas, que hasta te puedes encontrar las botas cubiertas de verdín, como un banco de piedra a la intemperie.

Por fin ha llegado el verano y los grillos cantan todo el día por el calor de la tierra.

Tiendes la ropa y todo se seca, como la ropa que vimos hace unos días en los balcones de Santillana del Mar, en Cantabria, donde me llamó la atención las hierbas del aire también colgadas, esas esferas de musgo español que son bromeliáceas como las que se dan en la selva tropical, epífitas sobre los árboles, en Santillana hoy florecidas y de un tamaño considerable, como si además de beber el agua del aire, lo hicieran de la que emana de la ropa tendida, que adornaba, como si fueran banderas, esta preciosa localidad cántabra donde el hecho de saber que viven personas en las casas, (la ropa tendida lo delata), la hace aún más hermosa.

Nada me produce más tristeza que visitar esos pueblos, como me sucede en La Fortaleza de Portugal, bien conservados, sí, pero donde se nota que ya no vive nadie y que en cuanto se cierren las tiendas, las personas se irán a dormir a otra parte, convirtiendo el pueblo en un hermoso escaparate para el turismo, carente de auténtica vida.

Aunque a veces queda algo de verdad en la sombra de un magnolio en la plaza, o en un rosal a la puerta de una casa que florece como si todavía viviera alguien dentro, o en esos aleros en los que anidan los vencejos que observas ir y venir por pueblos que parecen quietos y que sin embargo han cambiado porque la vida que tenían se echó a volar como un pájaro.

También cada verano parece el mismo, y es completamente distinto.

Llega el calor, el aire seco, y sin embargo este verano nada tiene que ver con los anteriores.
Se van haciendo para mí, uno a uno, distintos, o es así como los veo con los años, completamente aislados, como pueblos abandonados.

Sólo algo permanece constante y es el anhelo de encontrar la palabra exacta, de seguir, entre hortensias o geranios, escribiendo en verano.