Solar de Bujadas

Escribo por vez primera este verano desde un patio lleno de sol bajo la sombra de un aguacate.

Podría estar en un lugar tropical, donde los helechos emergen de entre las piedras para hacer un ramo con las hortensias.

Hay grandes hojas de cala puestas en agua por todas partes, botellas verdes con velas rojas, macetas de barro tapizadas de musgo, acantos florecidos en la entrada de la puerta.

Todo está puesto como si hubiera caído del cielo, o de la mano de un ángel, que también hay ángeles con alas de piedra y de madera por todas partes, como si la gracia de este lugar fuera algo infantil y a la vez glorioso, inocente y sabio al mismo tiempo, puro arte para saber colocar las cosas como si ellas mismas hubieran estado queriendo siempre estar justo ahí.

Canta un mirlo desde que empecé a escribir y su canción retumba entre las paredes del patio porque todo aquí, a cielo abierto, se oye más, pues los muros hacen de caracola para un canto tan terrestre que podría alcanzar un mar cantábrico del que la luna llena tiró tanto anoche, como si el agua fuera una sábana, que había sobre la playa un bajío que terminaba casi en el horizonte.

Ese infinito y a la vez ese recogimiento, el campo y en el mismo lugar el mar, todo tan junto, es lo que más te impresiona porque a Solar de Bujadas entras por un portalón y un muro de piedra, y parece encerrado en sí mismo, entre campos de maíz y una suerte de dehesas que son pastizales donde aquí y allí se ven robles a los que se les dejó suficiente espacio para crecer como para llegar a ser ellos mismos, y luego, casi al lado, llegas a una costa que se abre en acantilados y dunas derribadas por los temporales, y una playa que no acaba nunca donde los surfistas con sus tablas bajo el brazo, son siluetas oscuras, casi pintadas, sobre el sol cayendo al atardecer mientras llega el verano.

En Solar, su dueña, Patrito, me cuenta que lo primero que hizo, sobre unas ruinas, fue el jardín, y que puso tantos árboles que ahora tiene que andar podando las ramas para que de el sol en las ventanas. Todo es blanco y es piedra y madera oscura, y verdor de naranjos, higueras, laureles, nogales, que rodean una cocina donde se enseña a cocinar sobre una mesa grande y otra más pequeña, de madera pintada con una encimera de mármol blanco, sobre un techo, como una nube, de cacharros que cuelgan.

La mesa tiene unos baldosines donde vuelan los pájaros, y alrededor de ella acabamos de desayunar, cada uno lo que quisiera, sin más formalidad que la de la felicidad de haber amanecido juntos en esta casa que tiene el mar cantábrico y una playa infinita tras sus muros de verdor y de piedra.

Me ha contado Arancha esta mañana que acaban de descubrir que el agua tiene memoria.

A mí me va a ser muy difícil olvidar esta casa grande, Solar de Bujadas.