La distancia

Nunca he sabido calcular bien la distancia entre los árboles.

Nos lamentábamos, mi hijo y yo, de lo juntos que los habíamos plantado, que ahora se van quitando unos a otros la luz, que es un agua, porque va dejando secas las ramas que no la reciben.

Estoy mirando por la librería, ahora que estoy en casa, porque sé que por algún lado tengo un libro en el que se habla de esta cuestión y que a lo mejor tiene un vocablo que desconozco para definir la distancia recomendable para plantar dos árboles de distinta o de la misma especie y que no se perjudiquen entre ellos.

No es fácil.

Es como si a un arquitecto se le pidiera que hiciera un edificio teniendo en cuenta que echaría hojas y ramas hasta interferir con los edificios de al lado, y que según el tipo de material que usara, sería distinto su crecimiento, como en los árboles la forma de su copa, la altura de su tronco, la manera de disponer las hojas, la horizontalidad de las ramas.

Esto es algo que se ha resuelto, por lo que yo he leído, que no es mucho, desde el punto de vista del aprovechamiento, porque lo más que se llega a calcular es sobre una misma especie qué distancia hay que guardar, y luego se distribuyen casi siempre en cuadrículas de marco real, o al tresbolillo, y ya está.

Pero yo me refiero a otra cosa.

Porque el objetivo no es hacer una plantación sino una distribución de árboles plantados por nosotros que no lo parezca.

Algo así como borrar el rastro de nuestra mano, y a la vez que esté presente, en el arte de distribuir por la tierra unos cuantos árboles.

Tal es la dificultad que para no errar de nuevo, le propuse ayer por la tarde a mi hijo, que decidiera qué especies plantar, cuántas, y que fuera él al vivero, y que luego las distribuyera tal y como creyera que fueran a quedar mejor, aunque yo no esté ya aquí para ver el resultado final de su decisión.

Me dijo que no se atrevía, lo cual me dio la medida de la grandeza de su pensamiento, porque había apreciado igual que yo el peso de apresar un árbol a la tierra, quizás para siglos, en un solo día.

Hay que tomar decisiones, pero puede que la de plantar un árbol, ¿cuál?, ¿dónde?, ¿cómo?, sea una de las más difíciles de todas, si ya se ha comprobado cómo crecen los árboles que plantaste hace veinte años.

El mayor problema es la distancia.

Cuántos metros dejas hasta el siguiente, y en esto según las especies, también puede variar, ya que al castaño, por lo que vengo observando, le gusta crecer solo, o tan junto con otro ejemplar que forme una sola copa; al haya y al abedul, no les importa medrar haciendo barrotes desde la tierra al cielo, y para el roble todo espacio será poco.

Los cerezos silvestres, prefieren la soledad, estar aquí y allí dando frutos rojos y hojas naranjas en otoño y flores blancas en primavera, como un solista que da una nota de color para que se aprecie mejor lo que le rodea.

Los olmos y los tilos también preferirían estar como en una plaza, rodeados de soledad, y a los alcornoques como en una dehesa, que se vea bien todo su tronco.

La distancia entre los árboles de la que hablamos mi hijo Guillermo y yo, poco antes de marcharse, sentados juntos, mirando el paisaje, viendo cómo pasaba la tarde.