Las cosas

Escribo desde una nueva mesa.

Bueno, en realidad, no es nueva, sino que estaba de oferta, y no es una mesa, sino un escritorio un poco roto por la trasera, ese lugar del mueble que no siempre se ve y donde decía Steve Jobs que había que poner la mejor madera, creo recordar que a ser posible de roble.

Cuando le preguntaron por qué hacía tal cosa, siendo la parte oculta del mueble, que nadie la iba a ver, respondía: “Porque Dios lo ve”.

El defecto que tiene este mueble, casi imperceptible, es sin embargo hoy para mí virtud, no ya porque me lo hayan rebajado, sino porque empiezo a querer las cosas así, un poco rotas, un poco usadas, un poco defectuosas.

Puede que con la edad, haya empezado a desandar el camino de la buscada perfección para quedarme en la sencilla belleza de las cosas que otro no ha querido porque, en la reutilización, empiezo a ver un cambio de rumbo necesario.

Cuando abrí hace unos días esta casa que tengo en el claro de un monte que ya no es tal claro porque lo llené de árboles de distintos verdes que contrastan con los cultivos que me rodean y con los sempiternos eucaliptos del verde más triste que conozco, me encontré que estaba atiborrada de cosas inútiles que había ido acumulando a lo largo de los años.

Me doy cuenta ahora que he caído como una tonta en el gran absurdo de emplear el trabajo, y lo que es peor, el tesoro del tiempo, en tener estas cosas, como si fueran ellas las que, a mí, me hubieran empleado de tal manera que he trabajado durante décadas, sin pensarlo seriamente hasta ahora, para objetos inanimados.

De la casa, no me arrepiento, aunque ahora la haría quizás de otra manera, pero estoy al fin contenta de que sea pequeña y no tan grande como hubiera querido.

Tampoco me arrepiento de mi coche, a punto de cumplir los veinticinco años y en el que, una vez más, me ha servido para los portes más imposibles como el de traer sin desmontar esta mesa blanca, más que un escritorio, sobre la que escribo. Porque mi coche es casi un tractor que, sencillamente, me lleva de un sitio a otro, transportando todo lo que se me ocurre, desde veinte rosales trepadores, dos hayas y siete abedules, a todo un cargamento de cosas que llevo al punto limpio.

Cuando llego a esa vía muerta donde acaba todo lo que hemos trabajado, que es el basurero en el que terminan las cosas que compramos, regreso a casa con un sentimiento por un lado de alivio, al haber recuperado el espacio, que al final nos damos cuenta, como en la habitación vacía, llena de luz, de Hopper, su última obra, que es lo mejor de todo; por lo que regreso con un alivio inmenso, como si me hubiera quitado un peso de encima, pero a la vez con un gran pesar por todas esas cosas que compré y que acabo de tirar, lo más ordenadamente posible, separando por materiales para reciclar, sí, para calmar la conciencia, pero al fin y al cabo tirar para que siga girando la rueda de un gran disparate.

Esta nueva manera de mirar los objetos, la aplico ya a casi todo y cada vez compro menos ropa porque al final me quedan bien las mismas cosas, y hasta para escribir economizo, que me hacía falta una mesa (¿o no me hacía falta?) y me he traído este escritorio de gran superficie blanca del que no sabré, nunca, quién no lo quiso.

Lo primero que he hecho, antes de empezar a escribir, ha sido poner una foto de mis hijos, y tres rosas en el jarrón de cristal más sencillo que había por la casa.