Garachico

Garachico es blanca como la espuma de las olas del mar.

Llegamos desde el aeropuerto de Los Rodeos y tras dejar las cosas en el hotel fuimos a comer un mero a una gran terraza blanca de un segundo piso mientras la gente y las olas, bajo el sol, paseaban.

Se veía en el Caletón esa suerte de piscinas de agua marina donde el fondo es el de una cala, con sus escaleras para salir y entrar como si nadaras en una habitación sin techo construida dentro del mar.

No tenía mucho tiempo de ver, de admirar lo que estaba viviendo porque el programa que nos habían preparado, era estupendo y a la vez un ir y venir por el mismo lugar, que es Garachico, sin tiempo para la calma y la belleza de aquel lugar, apreciando las cosas y los detalles por el camino, las calles limpias; los colores amarillos, rojos y blancos de las casas, que por un momento creí que podría estar en Cartagena de Indias donde aún no he ido.

El silencio, la amplitud de la plaza, la blancura de la torre del campanario, al fondo el verdor de laurisilva del monte a su espalda, y arriba un cielo muy azul como si hubiera bajado a mirar todo esto, mientras las campanas, que sonaban, se oían perfectamente, y hasta resonaban de tal manera en la quietud de Garachico que no hacía falta llevar reloj porque el campanario le daba la hora a tus oídos, entre el ir y el venir de las olas, que siempre dan, contra la costa, los mismos segundos, repitiendo, una vez y otra, aunque no acabemos de enterarnos, que los días son la espuma blanca de un agua infinita.

Me encantaron las fotografías que en uno de los talleres de cine que el Ficmec, Festival Internacional de Cine Medioambiental de Canarias, ofrecía en el antiguo Convento de San Francisco, tenían por las paredes, esas fotos antiguas y silenciosas, en blanco y negro, que lo dicen todo del pasado: el incendio que tuvo lugar un día, los camellos por las calles; el suelo, todavía de piedra volcánica; el adoquinado que trajeron más tarde; las trabajadoras de las plataneras, en la factoría, como luego he sabido, preparando el transporte entre las acículas y las ramas de los pinos, la pinocha de esos pinos canarios que rebrotan, aunque se incendien, al poco tiempo, como si su fuerza no fuera terrestre sino volcánica.

El suelo del festival de cine medioambiental en Garachico está alfombrado no con alfombra roja sino por esta pinocha de un verde claro para recordar la humildad de sus orígenes, de cuando empaquetaban los plátanos entre la pinocha, según nos contó su director, David Baute, quien, junto con todo su equipo, nos trató a los que fuimos por allí como si pisáramos alfombras rojas todo el tiempo.

Para dormir hay hoteles de esos que no quisieras contar, para que no los conozca nadie más, y preservar su paz, pero resulta imposible no recomendar la maravillosa estancia en el hotel San Roque de Garachico, y el baño en su piscina verde, en el centro de un patio rojo.

De los restaurantes, recomendaría todos en los que estuvimos, pero me ha sorprendido de manera extraordinaria el restaurante Ardeola por su exquisitez con los cubiertos, por sus platos de ensalada, por esa hamburguesa de cochino negro con plátano, por el arroz caldoso de mariscos, por sus postres, y toda la ciudad por su maravilloso vino blanco.

Pero no vine a juzgar de Garachico más que el cine de medio ambiente que se exponía y sin embargo, si tuviera que premiar algo en este Día de Canarias, sería el afán por la excelencia en todo lo que hacen en este hermoso pueblo del noroeste de la isla de Tenerife.