El trigo

Estaban muy verdes, recién nacidos, los campos de trigo de la meseta.

En algunos estaban montando sistemas de regadío, que no parecía hacerles falta, pero la sombra del sol está a punto de caer sobre los campos, y el agricultor, que nota ya la sequía como un calorcito sobre el cogote, pone a punto el riego porque si hay algo de lo que no se fía, es del cielo.

Yo acabo de llegar a Madrid tras pasar unos días en Galicia, donde no ha dejado de llover hasta ayer. Daba pena dejar hoy la luz de la mañana sobre los patatales recién sembrados, con trozos de patatas que han dejado caer desde un tractor, uno a uno, alineados, como si fueran granos de maíz.

Cuando llegamos, fuimos a ver a Manuela, que estaba en el galpón, resguardada de la lluvia, quitándole las raíces a las patatas viejas, porque dice que hasta que vinieran las nuevas, ya no le quedaba ni una. Asegura que las que venden ahora son de invernadero, y al decirlo, se le nota una cierta tristeza, como si fuera para ella una deslealtad con los elementos poner un plástico entre el cielo y la tierra.

Luego nos regaló un queso, y la vista de su nevera, del tamaño de una pequeña habitación, con los quesos envueltos en telas blancas como niños con toquilla, algunos en cestos para vender, varios juntos, como en una cuna. Nos dio una etiqueta que me he dejado en casa, donde viene la denominación de origen de la que está muy orgullosa, y no es para menos porque Manuela ganó el premio al mejor queso fresco de Galicia.

Una vez me trajo uno que daba pena empezarlo, de lo grande y bonito que era, con el sello grabado y todo, porque sabía que tenía una comida importante con una mujer ilustre de la que decían que era muy rica, olvidando que era extraordinaria, verdaderamente excepcional, una de la personas que más he apreciado y admirado en esta vida y que, tras probar el queso de Manuela, me pidió por favor si podía llevarse un poco para su hijo.

Así son los quesos de Manuela, una verdadera fortuna, como tenerla de vecina.

Casi todos los años, reunimos a nuestros vecinos más próximos al final del verano, en una merienda que comienza cuando han echado el cierre al campo, la huerta y las vacas, a eso de las ocho, y que se convierte en cena porque nos quedamos hasta las tantas conversando, para luego acompañarles a su casa. Uno de los recuerdos más bonitos que tengo es este de ir andando por el remoto lugar donde vivimos, entre risas y voces, bajo la luz de las estrellas.

Ese hablar de cosas que no se hablan otros días, cuando te limitas a saludarte por el camino.

Y en una de esas noches nos contó Manuela, no se me olvida, que con la guerra venía el ejército a requisar los alimentos y los animales, así que, temiendo por el trigo, empezaron a pensar dónde guardar los granos, y no se les ocurrió mejor lugar que la sepultura familiar del cementerio.

Nos contaron que fueron de noche con los sacos, y que abrieron la tumba, y que guardaron allí el trigo, que nunca encontraron. Recuerdo cuánto nos reímos cuando les hice ver que en primavera alguien se extrañaría de ver el trigo espigado alrededor de las tumbas.

Hay quien podría pensar que el campo es triste, pero yo no he visto reír con más ganas y más abiertamente que a las personas que trabajan la tierra.

Vuelvo a Madrid y están en las macetas de la terraza las rosas florecidas, que es lo que yo cultivo, esa belleza que no da nada.