Champs Élysées

Brillan solas las flores al sol en los parques donde la lluvia echó a la gente.

No hay casi nadie en el parque del Retiro cuando llueve, como si fuera la lluvia en los parques de Madrid igual que en el campo las tormentas, cuando los agricultores se acumulan en la sala de espera del médico, aunque hayan pasado consulta, porque no salen afuera, ni locos, si
truena.

El otro día me contó mi hijo mayor, el que vive en París, que hay más probabilidades de que te caiga un rayo dos veces, en dos ocasiones distintas, a que te toque una vez el euromillón.

A lo mejor es una sensación parecida, pero lo cierto es que los rayos, los he visto caer muchas veces, y oído mil historias, como la del rayo que entró por una puerta de la cuadra y salió por la otra, fulminando a dos vacas por el camino. Cosa que es bastante probable porque el rayo es la luz con más querencia por las corrientes de aire, que hasta el tiro de la chimenea cierro, con las tormentas de primavera.

Pero esto del parque desierto, porque llueve, no acabo de entenderlo.

Claro que, de la ciudad, hay muchas cosas que no comprendo, como el espacio que se le ha otorgado a las calzadas con respecto a las aceras por las que caminan, apiñadas, las personas; algo que se aprecia con total claridad los fines de semana, cuando la gran calzada está casi vacía, y no se puede avanzar en algunas calles como Goya, o la Gran Vía.

Tengo en el fondo de un cajón del escritorio, esperando ver la luz, un proyecto de Miguel de Oriol, el arquitecto que consiguió que los coches no pasaran por delante del Palacio Real y que desde hace años ha ideado la manera de resolver la Gran Vía, convirtiéndola en peatonal, con la calzada soterrada para el paso de los coches, y con un aparcamiento con capacidad, creo recordar (como diría Umbral, no voy a levantarme ahora a mirarlo) para seis mil plazas, lo cual convertiría a este lugar en un sumidero de ruidos y de contaminación para las calles de Madrid.

Recuerdo aún, cuando cerraron al tráfico rodado la Gran Vía hace unos meses, esa sensación de libertad, de ir paseando por el centro de la calzada, pudiendo admirar la hermosa arquitectura de la calle, sin tener que levantar en vertical la mirada y sin más ruido que el de las conversaciones, algo que han manifestado este fin de semana los que caminaban por los Campos Elíseos, cerrados por vez primera al tráfico.

¡Qué maravilla ha debido ser pasear bajo los castaños de Indias florecidos en la mañana de domingo! ¡Sin ruido!

Sigo mi paseo por el Retiro, de vuelta de grabar, pensando en escribir de los campos Elíseos y, de lejos, diviso una collera de músicos, acordeón y saxo, que ya me han visto. Preparo la moneda. Y, como si me hubieran leído el pensamiento, se ponen a tocar: “Aux Champs Élysées... aux Champs Élysées” de Joe Dassin.

¿Casualidad?

Seguramente, pero yo vivo siempre asomada al abismo de la esperanza, que es el precipicio más ventoso de todos, porque creo que las cosas que se esperan de esta manera, con un cierto peligro de que no sucedan, el corazón y el cerebro abierto en dos, ocurren con más facilidad, como si se atrajeran los sucedidos parecidos, buenos o malos, igual que imanes, porque hasta las palabras que has escrito sobre un pájaro, pueden llegar a sobrevolarte, o sonar de pronto en una esquina del parque justo la música que ilustra tus pensamientos, porque es un pensar que espera.

Tras echar una moneda a una caja de cartón blanco (sólo había dos monedas más, no había nadie) he seguido paseando con el paraguas de bastón, por caminos de arena con las huellas arboladas de la riada, y el sonido de mis pasos al sol.

Aux Champs Élysées …. aux Champs Élysées…