Verdegay

Me envía mi hermano Juan desde Fuerteventura una foto con las cabras majoreras.

Estaba en un bar y se quedó mirando un cartel que le hizo gracia, no sólo por la cantidad de colores que tienen allí las cabras, sino por los nombres que su capa les otorga, desde baya, amarilla, rosilla, endrina…que es la que más me llama la atención porque es un poco rojiza.

Siempre me ha parecido curiosa la relación entre la variedad y el aislamiento, como si el motor de la especiación fuera la dificultad; que en la falta de comunicación con otras especies, se produjera una singularidad de la que carecen los continentes. A su vez el aislamiento funciona como una protección contra la degradación del entorno, por lo que se conjuga en las islas no solo el endemismo, la singularidad, sino también un grado de conservación mayor que en otros lugares.

A mí, estos nombres de los colores, además, me parecen un regalo.

Ayer estuve viendo, por casualidad, unos videos grabados por Julián Marías, donde todo seguido, sin un solo apunte, iba hablando de la felicidad, y en otro de la ilusión, casi siempre mirando de frente a la cámara, con total seriedad, por la gravedad de los asuntos que trataba, pero a su vez con una media sonrisa un poco socarrona, como para que le escucháramos sin tomarle demasiado en serio, o como para dejar algo de aire entre su opinión y la nuestra.

Pues bien, además de usar un lenguaje muy rico, nos hacía ver la importancia de la riqueza del lenguaje, que hubiera palabras en nuestro idioma que pudieran designar incluso colores como “pajizo” que en otras lenguas precisarían del empleo de muchas palabras para ver ese tono amarillo. Luego hablaba de un costurero de un poema de García Lorca que he buscado ahora pero que Marías recitaba, sin tenerlo preparado, de memoria, con su media sonrisa…”La regalé un costurero/ grande de raso pajizo”…y del que ahora me doy cuenta que son los versos de un poema muy conocido, “La casada infiel” que se llevó, creyendo que era mozuela, un gitano al río.

Desde que comprendí que, verdaderamente, no apreciamos un color en toda su dimensión hasta que se nombra, me los voy encontrando por todas partes, como si hubiera abierto la puerta de un mundo nuevo, en el que se mezclan las tonalidades y las letras, la pintura y la literatura, los matices con el rotundo negro sobre blanco de la escritura.

Y así esta mañana, mientras buscaba información sobre las jaras en “El Dióscorides renovado” de Pío Font Quer, me encuentro que verdegay es el color verde claro.

Indagando después, descubro que nada tiene que ver su etimología con el anglosajón “gay” sino con una lengua romance, derivada del latín, que le otorga el significado de alegría, luego verdegay es el verde de las plantas al brotar en primavera.

Hace unos días, lo observé por los montes, quedándome asombrada con la intensidad de ese nuevo color verde en los robles y los castaños, efectivamente, lleno de alegría, entre los cerezos florecidos de blanco.

Y ahora que puedo describirlo con el adjetivo preciso, empiezo a comprender aquel paisaje.

Verdegay.

El verde claro, verde nuevo, de árboles que tienen siglos.

Como las coloreadas palabras.