La arquitecta

La creación nunca está si vas a buscarla.

De toda la película de Mozart sólo recuerdo, y con frecuencia, esa escena en la que venían a buscarle de noche, llamando insistentemente a la puerta, para requerirle su réquiem aún sin terminar; ese sudor frío del músico brillando a la luz de una vela que era el temor hecho agua entre la realidad y la pesadilla cierta que es la de la creatividad que no acaba de aparecer cuando más la necesitas, y esa angustia de dejar acabado lo que se traía entre manos de la manera en la que debía ser ¿para qué? ¿para quién? no he conseguido olvidarla.

No sé por qué pienso que la arquitecta Zaha Hadid murió de esta manera, no de un ataque al corazón sino por el peso de su obra sobre su corazón y su vida, como si uno de sus edificios, o todos juntos, con todas las noches en vela y todas las horas de los días y todas las cosas que se dejó en ellos, le hubieran caído de pronto encima para elevarla definitivamente, por encima de todo y de todos, al lugar eterno del arte sobre la tierra.

Ni siquiera estoy segura de por qué quiero escribir de esta arquitecta y por eso me he puesto a escribir, por si apareciera esa razón por ese camino de las letras por el que te adentras con el mismo temor con el que avanzas por un campo desconocido entre espinos blancos florecidos cuyas ramas se te enganchan en el jersey para ver unas cigüeñas blancas que han anidado en las horquillas de un álamo negro florecido de amentos rojos que se curvan como los brazos de una estrella de mar.

Todo era curva en los proyectos de Zaha Hadid cuyos edificios ni conozco ni soy capaz de analizar con la más mínima capacidad.

Entonces, ¿por qué escribo de ella? ¿por qué me llamaron tanto la atención hace años unas declaraciones suyas? en las que con toda naturalidad contaba que los proyectos que ella presentaba a un premio importantísimo, ella sabía que eran los mejores de todos, aunque se lo dieran siempre a otro. Esa seguridad en sí misma…ese humor con el que aceptaba la cicatería con su talento.

¿Por qué me pesa tanto su muerte?

Esto no es feminismo sino algo más profundo.

Un de pronto rebelarse porque Zaha Hadid ha muerto.

Qué fácil sería ahora caer por un tobogán como un niño cuando yo lo que quiero es expresar la curva de los edificios, esa forma como de estalactita que tenían algunas de sus piezas, esa asombrosa manera de ondularse como lo haría una ola que no fuera a desaparecer en el mar para siempre.

Cuánto habrá ido a buscar la inspiración, y cuánto se habrá quedado quieta, esperándola, y cuánto no habrá trabajado esta mujer, y cuántas lágrimas se habrá comido mientras seguía dibujando tras saber que un año más, con un proyecto mucho menos innovador, le habían dado el premio a otro, para luego ver que otros se apuntaban la primicia de su innovación y que ella, de nuevo con humor, se lo tomaba como si le hubieran abierto, caballerosamente, la puerta.

Pertenece esta mujer a la primera generación que ha ido más allá sin dejar casi nada por el camino pero dejando una buena parte de su vida en ello. Hace unas noches me quedé viendo el programa “Imprescindibles” de Soledad Sevilla, y quizás vea esta noche el de Manolo Tena, cuyo fallecimiento tanto sentimos, y al que la creación también le hizo esclavo, como a Soledad feliz en el aislamiento de su estudio mientras va pintando pacientemente las líneas de una malla de las que dan sombra a los cultivos; inspirados en los secaderos del tabaco, pinta Soledad Sevilla unos cuadros que tienen la claridad de la luna y las curvas del viento sobre la tela. Su trabajo más reciente me ha dejado asombrada.

Y también su seguridad y su empeño en vivir para el arte porque no sabría vivir de otra manera.

Cabría ahora preguntarse si vivir para el arte es vida.

“Yo no navego” decía Zaha Hadid.

Y era verdad.

Trazaba las curvas del océano en tierra.

Se empeñó en profundizar, en no pasar por encima del mundo.

No la olvidaremos.

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