El césped

No está quedando tan mal la idea que tuve de dejar en el jardín una parte silvestre y la otra con césped.

Llegué hace semanas a la conclusión de que segar toda la hierba era insostenible, por lo que tracé unas curvas con boj, que ahora me planteo si dejarlo crecer también silvestre como esos bosques de bojes bajo los que, aún siendo de día, parece de noche porque al mirar hacia arriba la luz del sol, nuestra estrella, se diría que estuvieras bajo la Vía Láctea, de lo oscura y espesa que es la sombra de los bojes cuando se juntan.

Aunque quizás esto último, sea ya demasiado, por lo que lo recortaré como hacen los franceses, de manera que me quede un jardín entre inglés y francés, con una parte de parterre, otra de huerta, rosales trepadores subiendo por las fachadas y, más allá de los límites marcados por el boj, como en la primera carta de América dibujada por Juan de la Cosa, un océano de hierba asilvestrada.

Esto empieza a parecerse más bien a esos experimentos donde dejábamos siempre un tubo número cero en el que se veía qué pasaba cuando no se hacía nada, que es a veces cuando pasan más cosas, al permitir estar y volar los acontecimientos a su aire.

La primera vez que renegué del césped y dejé una parte silvestre en la tierra, recuerdo que acabé cortando porque, aunque en principio todo era una maravilla, pura Pascua florida hasta de linos antiguos que florecían de malva como cuando por aquí se segaba el lino para hacer con sus fibras verdes, que después se ponían a clarear, colchas de un blanco grisáceo con las ruecas ya quemadas en algún San Juan, al final todo acabó por agostarse como una sabana africana cuando llegó el verano, a pesar de estar en esa tierra de luces y de lluvias que es Galicia.

Pero ahora quizás, quede hasta bonito, ese contraste entre el césped muy segado y muy verde, y la hierba alta que se agosta en cuanto no le llega la luz a la base del tallo. Además, ya entró el burro que tiene mi vecino a pastar durante las últimas semanas, dejando las huellas de los cascos como si fuera un caballo, y las hierbas que no le gustan, porque hasta en esto los animales tienen sus preferencias.

Para el verano, quizás ponga algún otro herbívoro, unas ovejas que me quiten el trabajo de segarlo todo con el cortacésped, y me ahorren combustible y la energía que ya no tengo para pelear con la hierba, esa obsesión en la que es tan fácil caer cuando se tiene un trocito de césped.

Quisiera quedarme para contemplar cómo evoluciona este sencillo experimento por el que la parte de jardín convive con la salvaje, separada por un seto de boj que traza curvas entre los cerezos hasta la verde alberca, como un río indeciso lleno de meandros.

Es curioso.

Ahora que me voy, y no puedo quedarme a ver todo esto, me siento igual que una hierba silvestre arrancada.