Ventana del campo

Tengo la ventana aquí delante, con los cristales un poco nublados, del agua que ha venido a posarse, al notar el calor de la casa.

Al fondo, el verdor de la hierba que este año he delimitado trazando unas curvas con boj para no tener que segarla toda y además, mi ilusión siempre ha sido tener trozos silvestres, poemas sin métrica de la tierra.

Pero, estoy aquí dentro ya que, para escribir, hace frío ahí fuera y viene un viento un poco marino y un poco del norte, lleno de humedad.

No hay tantas flores como cabría esperar, habiendo acabado de empezar la primavera, pero está ya todo ahí, a punto de abrirse, como unas ramas de avellano que acabo de poner en un jarrón con agua porque me gusta ver cómo se despliegan las hojas dentro de la casa.

Hay poco canto de pájaro, ya me gustaría escuchar al cuco, pero hace frío para ello, viene todo retrasado, y además yo estoy aquí dentro, escribiendo de Naturaleza, mientras todo sucede ahí fuera, tras la ventana.

Ese fue mi cometido, escribir lo que hubiera querido vivir, ser como la tierra, como el aire, como los pájaros que vuelan, como las flores que salen y se marchitan, como las hojas que brotan de una rama seca; como el agua azul de un río, como la cresta blanca de una ola, como la pluma transparente del charrán sobre el mar, bajo el cielo azul, como el canto del cuco en primavera; como el relincho del pájaro carpintero cuando en verano hace calor de tormenta, como la curva de un helecho que se despliega, como el musgo de las piedras; como las violetas que nacen entre las hiedras, como los botones de oro a la orilla de los terraplenes, como los brezos que florecen de fucsias tras los incendios; como las garzas que vuelan con el cuello entre los hombros, como los peces voladores que acaban de noche en las embarcaciones, como las golondrinas que se posan en los barcos cuando vienen cansadas, como las orcas cuando llegan; como los tiburones peregrino que parecen estar dormidos en la superficie, como los peces luna que roncan, como la ronca del gamo, como la berrea del ciervo, como el ladrido del corzo; oscura como los zorros carboneros, clara como una perdiz en la nieve, verde esmeralda como los ojos de un cormorán, o las paredes de la habitación de un poeta.

Todo eso hubiera querido yo ser en vez de estar, negro sobre blanco, escribiendo.

La ventana siempre en medio.

Y el campo, ahí afuera.