La calesa de Víctor Hugo

Hace tanto sol que el edificio de enfrente parece la luna llena a cien metros de distancia.

Casi no puedo abrir los ojos del reflejo de la luz sobre la clara fachada cuya terraza antigua han arreglado pero donde sigue una suerte de palmera que vi por Sicilia, y que se abre como una piña, casi como si fuera un helecho, pero que es una gimnosperma de la familia cicadácea.

Este sol y esta luz y esa planta que parece una palmera en aquella antigua terraza recién arreglada, le dan un aire africano a la ciudad, bajo el cielo azul de un día, aunque frío, ya de primavera.

No hace mucho estuvimos por la nieve de los Alpes franceses bajo un cielo muy parecido, casi tocando las nubes, pero no porque estuvieran muy bajas sino porque estaban a nuestros pies, bajo una tarima por la que veíamos entre las rendijas, allí abajo, los abismos de nieve y de abetos blancos entre las nubes, y algunas rocas y acantilados que recordaban, por sus colores, a esas rosquillas de San Isidro glaseadas, muy blancas y un poco ocres.

A mi espalda, el Mont-Blanc, allí arriba, azul claro, desde donde volaba con el viento la nieve como si fuera una chova piquigualda de las que en parejas sobrevolaban las nubes y se veían muy negras y brillantes, el pico amarillo, las patas rojas, volando como si esquiaran, dice un amigo, con un paredón de montes, que son agujas nevadas, impresionantes, al fondo.

Yo tomaba un café, con las nubes a mis pies, viendo todo esto.

No había nadie. Todo el que había subido hasta allí en un teleférico rojo como los que salen en las películas de James Bond, se había tirado luego por las pistas negras en las que al menor descuido, esquiando, te despeñas. Nosotros, para asombro de nuestros compañeros de viaje, no llevábamos más que una cámara de fotos y todo el tiempo del mundo para contemplar, prácticamente solos en la cafetería colgada mientras limpiaban el hielo de las sillas, rodeados de blanco y de azul, aquel paisaje de primera hora de la mañana que te sobrecogía y a la vez te abrigaba y te hacía dar las gracias de que todavía queden lugares que sean exactamente igual, como la superficie del mar, que vieron nuestros antepasados.

Esos lugares donde pueden posarse con total limpieza los ojos y encontrarse con lo mismo que vieron otros antes que nosotros.

Entre ellos, Víctor Hugo, el océano de escritura, que paseó en calesa por los Alpes según decía en la carta del restaurante La Calèche, y que inspiró a su dueño para fundar este lugar en el que todo te acoge también porque está lleno de cosas en las que la mirada se posa y da las gracias.

Tengo que comprar el libro “Viaje a los Pirineos y los Alpes” de Víctor Hugo; es curioso que en la edición en francés se titule exactamente al revés: “En voyage. Alpes et Pyrénées”. He de leerlo para comprobar sí es ésta la calesa que inspiró la fundación de uno de los restaurantes más agradables en los que he cenado en mi vida. No se puede acondicionar mejor un lugar en la nieve, ni con más cosas, como para compensar el vacío del blanco, ahí afuera.

Tiene un ambiente de madera y de tela y de zuecos viejos de niño, de trineos como el de Rosebud, cencerros variados, cacharros de cobre para cocinar y, en lo alto, una gran calesa, de la que aún no sé si es la de Víctor Hugo.

Al día siguiente, en el mar de hielo que es un glaciar que no vi aunque lo tenía al alcance de la mano, me di cuenta de que la nieve vuela igual que la arena de la playa.

Cuando sopla la ventisca, ciegan el aire y se posan de la misma manera el hielo y la arena como si, aún no siendo la misma cosa, tuvieran muchísimo que ver el uno con la otra, al volar, en diferentes paisajes y temperaturas, no sólo igual, sino que se diría que al unísono.

Como una pareja de chovas con los Alpes al fondo.