Valle del Mont-Blanc

Cae la nieve mientras se oscurece el día.

Veo ahora mismo, desde la débil luz de nuestra casa de madera, el hotelito de enfrente, desde donde también se diría que nos miran cenar, como si cada escena de cada casa iluminada adornara tanto el paisaje como los abetos sobre los que se va posando, lentamente, la nieve.

Miras hacia arriba y lo que ves no es una montaña, sino una pared, casi un muro que se pierde entre las nubes, que hacen de techo, sin llegar a ver las cumbres.

Aún estando ahora mismo a sus pies, en el centro del valle, todavía no he visto el Mont Blanc, del que me han contado que se llama así porque al contrario de las cumbres que le rodean, llenas de picos y de paredones de roca, el Mont Blanc es una montaña donde se diría que la nieve se encuentra a gusto, toda blanca, entre Italia y Francia.

Todavía no he visto nada pero he oído, nada más llegar, me ha hecho gracia, el canto de un carbonero, como si cantando pretendiera derretir la nieve que le sirve de altavoz, porque mientras su canto se pierde en el bosque, aquí tiene un eco que asombra, como si la nieve sobre la piedra diera la misma sonoridad que las catedrales, o como si en la montaña los pájaros cantaran con más fuerza.

Están los avellanos florecidos a la orilla del río Arve, que baja muy limpio, con un color casi blanco, por las piedras y la arena clara del fondo, y aquí y allí desde lo alto de los riscos se ven caer imponentes cascadas como de deshielo y sin embargo ha empezado a nevar tan copiosamente que se diría que mañana cualquier atisbo de primavera se habrá callado con la nieve.

Aunque acabamos de llegar, me ha dado tiempo a respirar el aire puro y frío de la montaña, y a maravillarme con los hayedos deshojados, de cuya bruma de ramas emergían mientras subíamos por la falda de la montaña, aquí y allí, unos abetos altísimos de ramas caedizas que al final, tras entremezclarse, acababan por escalar más pisos altitudinales que el hayedo.

Cuando llegamos a primera hora de esta tarde, los abetos estaban verdes y ahora, mientras escribo, voy viendo desde aquí cómo se van enharinando por los copos a la vez que van cayendo sobre el papel las letras, como si la nieve hiciera al revés que los que escribimos, dejando caer hojas en blanco como para borrar lo escrito por la vida.

En la casita de al lado, la barandilla azul celeste, amanecerá mañana blanca, y una bicicleta de la que no se ve la mitad ya entre la nieve, quizás haya desaparecido por completo, al igual que una carretilla que se ha quedado como hundida, con un cerco a su alrededor, por ese calor que parecen desprender las cosas, como si tuvieran vida propia, al igual que sucede con la base de los árboles, alrededor de los cuales, cuando la nieve se derrite, queda un círculo de deshielo justo alrededor del tronco, como si respirara su madera.

Me recuerda esta casa a la que teníamos en Alaska, desde donde se veían las montañas Chugach, pero aún siendo grandiosas nada tienen que ver con estas montañas de los Alpes, tan verticales que al mirarlas te parece que se te vienen encima.

También se ve desde aquí un colegio donde los niños puede que ya ni siquiera miren la nieve, ¿qué pensará un niño que se cría en este lugar, entre estas montañas, viendo nevar mientras dan clase? A mí siempre me ha parecido que los niños que tenían el colegio al lado del mar, tenían otra juventud y otra infancia; la de estos niños también tiene que ser distinta.

Es curioso cómo la nieve, nos trae siempre la niñez, aunque ya no tengamos edad de tirarnos con un trineo, riendo como si la nieve hubiera hecho también en nosotros borrón y cuenta nueva.