Esa gran nube de arena

Nos fijamos el domingo, mientras comíamos, en el color tan raro que tenía el cielo.

No era azul, ni era gris como en los días de niebla o de contaminación alta, sino que tenía el color de la arena, mezclada con el azul sobre el que flotaba.

El viernes pasado, poco antes de entrar al cine, la noche estaba tan clara que me quedé un buen rato mirándola mientras esperábamos a unos amigos, como si la nube a punto de entrar, pienso ahora, estuviera precedida de una nitidez inusitada.

Cuando acabó la película regresamos andando y un viento frío empezó a volar por la calle. Hay calles que tienen más viento que otras, como hay ríos más caudalosos. Y hay calles, las más tristes de todas, donde jamás entra la luz del sol, y que son aún más tristes en los días soleados. La luz es también arquitectura, o al menos la parte más importante de ella.

Pero, ya digo, ya escribo, era de noche y hacía viento y hacía frío y la noche era muy clara.

A lo peor, fue esa noche cuando entró la nube flotando para cubrirnos como una sábana mientras dormíamos.

El futuro es algo tan incierto que yo suelo ir buscando certidumbres por todas partes, y ahora pienso que aquella noche del cine no era más que la envoltura de lo que vendría, como si la nube de polvo tuviera una cierta gravedad, o hubiera hecho de imán, para concentrar en ella todas las partículas que había flotando por el cielo de manera que la mayor claridad en el aire precedió a esta turbiedad atmosférica de polvo y de arena que se ha divisado perfectamente desde la Estación Espacial Internacional, tal y como ha fotografiado el astronauta británico Tim Peake, para su cuenta de Twitter, el 21 de febrero desde el espacio.

Siempre recuerdo un experimento que se hizo en Ecología sobre estas partículas que flotan en el aire y que reciben el nombre de aeroseston porque es una suerte de plancton aéreo en el que no sólo hay polvo en suspensión, sino escamas de mariposas, esporas de hongos y hasta diez millones de animales vivos diminutos en una columna de 4.000 m de altura y un kilómetro cuadrado de sección.

En mi caso, llevo unos días con una tos que no se me pasa y ya empiezo a creer que mucho tiene que ver este visillo ocre que ha caído sobre los días.

Estoy deseando marcharme hacia el norte, allí donde hay noches en las que el sonido de la lluvia me recuerda al de la arena cuando en el Sáhara íbamos mis hermanos y yo tan contentos en el jeep de mi padre, cubierto por una lona, y de pronto, la arena empezaba a sonar como si fuera granizo.

“Niños, taparos, taparos, que viene el siroco”.

El siroco, ese viento cargado de arena, era nuestro lobo del cuento.

Esperemos que ahora no lo sea.

Los pasos del desierto están hechos, como el tiempo, de arena.