Las pardelas

Si hay un ave por la que siento una especial predilección, es la pardela cenicienta, al ser la primera ave de la que escribí para la prensa, en concreto para el número de noviembre de Cambio 16 en 1993, hace casi veintitrés años.

Y cuando ya creía saber algo sobre ella, recibo unas imágenes grabadas por Rafa Herrero que me dejan impresionada, pues en ellas se ve a las pardelas cenicientas lanzándose en picado al agua, dobladas las alas por los codos, para pescar chicharros en cooperación con los delfines porque se ve perfectamente cómo empuja el delfín moteado al cardumen de peces hacia la superficie atravesada por las pardelas como si de las flechas lanzadas al agua por unos indios se tratara.

Sumergida, parece la pardela cenicienta un fantasma, lo cual tiene gracia porque esta es una ave que recibe la denominación de ánima, al emitir un sonido que asusta un poco, ya que parece el llanto de un niño, aumentado por el eco de la hura donde está el pollo en el acantilado, esperando a que vengan a alimentarlo desde el océano, siempre a oscuras.

De hecho, sólo se acerca la pardela cenicienta a la tierra para la cría, ya que el resto de su vida la pasa en el océano, durmiendo sobre el agua, o bebiendo mientras excreta el exceso de sal por las narinas que tiene encima del pico. Pero esto de sumergirse en bandada mientras los delfines, abajo, parecen estar esperándolas, como si trabajaran las dos especies juntas, cooperando para pescar, me ha asombrado muchísimo.

Es como si hasta ahora, con las pardelas nos hubiéramos quedado en tierra, ya que, a pesar de las dificultades para censarlas por nidificar en lugares tan inaccesibles, se conoce sin embargo muy bien su nidificación en todas las islas e islotes del archipiélago Canario, donde es el ave marina más abundante, pero ¡qué poco sabemos de su relación, probablemente ancestral, con los delfines!

Hay un trabajo muy interesante sobre este asunto en el que se estudia la interacción de los delfines y los atunes con las aves marinas, sobre todo alcatraces y pardelas, pero pardelas del Pacífico (Puffins pacificus), ya que es en el Pacífico tropical donde se localiza este trabajo de David W.K. y Robert L. Pitman, y donde se cuenta que los pescadores de atún ya buscaban las bandadas de pardelas en el cielo, considerando bandada más de diez individuos juntos, porque les indicaban dónde estaba la pesca, y que además estas bandadas, cuando con el barco con el que se realizó el estudio, se dirigían hacia ellas, resultaba que por debajo, solían localizar delfines, y en ocasiones atunes, ambos pescando en colaboración alguna especie de pez que se movía como una nube impredecible en bancos, pero que los delfines empujaban hacia la superficie, facilitando que las pardelas pudieran alcanzarlos al lanzarse al agua.

Me parece curiosísimo este comportamiento por el cual, separados por la línea del mar, ese espejo, se unen el agua y el cielo, a través de estas dos especies que parecen estar en comunicación, como fantasmas que atravesaran las paredes.

Se diría que las pardelas huelen o divisan, para los delfines, la pesca desde el cielo.

Y que los delfines son conscientes de que tienen que recompensar a las aves marinas de alguna manera, empujando los bancos de peces a la superficie, si quieren seguir teniendo esas indicaciones que llegan del cielo.

Habrá otras interacciones parecidas, pero lo curioso es que en este caso se da en dos medios diferentes y en dos especies muy distintas, unidas por un mismo objetivo.