La mosquitera

Al deshacer el equipaje, apareció la mosquitera que no usamos y pensé en guardarla, esa manera de perder las cosas.

Luego decidí que era mejor poner una alcayata en el techo para colocarla encima de la cama, aunque fuera recogida, a modo de cortina, hacia un lado del cabecero, ya que cuando vinimos a vivir a Madrid, una de las cosas que más me sorprendió, es que hubiera tantos mosquitos.

Al principio creí que sería por tener un gran parque cerca, pero luego empecé a sospechar que las macetas que había puesto en maceteros que almacenaban el agua del riego pudieran tener mucha culpa de los mosquitos que entraban en el dormitorio, por lo que me planteé seriamente quitarlas, y eso que cuando desaparecen es como si cesara una música, que es la de las flores en las ventanas.

Todavía hoy, tengo unos ciclámenes blancos para no ver tanto el patio y un red que me han puesto, como una mosquitera hecha con red de portería de fútbol, para que no entren las palomas. La verdad es que me siento un poco encerrada con esta red por los tejados pero tengo que reconocer que no entran ya las palomas en el patio como solían hacerlo para anidar en el tercero, donde no vive nadie.

La misma sensación tenía en África con la mosquitera que había por encima de la cama, ya que estaba remetida por debajo del colchón para que estuviera tensa porque los mosquitos pueden picarte a través la mosquitera si en un descuido queda un brazo o una pierna cerca del tul blanco, lo cual se evita tensando la mosquitera como si fuera una tienda de campaña.

Esto hace que cualquier movimiento habitual, como el de dejar en la mesilla el libro que estás leyendo, se vuelva una operación complicadísima, ya que primero tienes que sacar la mosquitera de debajo del colchón, asomar el brazo, con pijama de manga larga mejor, para dejar el libro en la mesilla, y antes de volver a sellar el habitáculo, cerciorarte muy bien de que en la operación no se ha colado ningún mosquito a pasar la noche contigo.

Para ello, te tumbas boca arriba como si fueras a contar estrellas mientras observas minuciosamente cada una de las diminutas celdillas, como de panal de abeja, que tiene la mosquitera; y tras comprobar que está libre de mosquitos, te dispones a dormir tranquilamente.

Es entonces cuando cierras los ojos y, tras los párpados, aparece la luz encendida.

Imagino que las mariposas, en su crisálida, tienen una sensación muy parecida.

No sé por qué, siempre recuerdo a Sharon Stone, en una de esas fiestas benéficas que hacen los actores americanos, pidiendo dinero para comprar mosquiteras. ¡Qué razón tenía! Pienso ahora.

Porque al contrario que las moscas, que entran con el sol y salen a dormir al raso, los mosquitos suelen entrar de noche para esperar a que nos durmamos.

¡Qué dípteros tan distintos! ¡Y qué enemigos de la humanidad ambos! No hay ejército que pueda con ellos.

Me sorprendió al aterrizar hace sólo dos días ver que, entre las pistas de rodadura del Adolfo Suarez Madrid-Barajas, hubiera ya jaramagos amarillos florecidos.

Viniendo esta tarde de la biblioteca, se apreciaba en la calle un aire como de primavera, con una luz preciosa de atardecer y algún insecto, de aviso a navegantes, ya en vuelo.

Mientras la OMS decide en Ginebra si declara el zika emergencia internacional, escribo bajo la mosquitera, esa arma que, como la poesía, se me antoja hoy cargada de futuro.