El silencio

Escribo a mis hermanos un mensaje para decirles que ya vuelvo a tener conexión y que regresamos.

El que más situaciones de peligro ha vivido, por ser militar y ayudado a la población civil en la peor de las guerras, es el único que noto que estaba verdaderamente preocupado, al leer lo que nos dice: “Me da tranquilidad que ya volváis y buen viaje”.

Estoy poniendo estas palabras tras una siesta de esas que sólo se duermen aquí, con todo el calor envolviendo el sueño como un mosquitero, y mientras bebía un gran vaso de agua dudaba si debía escribir o no, como dudo ahora mismo, al tener todo demasiado cerca todavía, y ser consciente del peso de una palabra puesta de cualquier manera en el Congo, que, como diría Borges, nunca dos sílabas tuvieron tanta agua y tanta fuerza dentro.

Esta misma mañana, en Pointe-Noire, en la costa congolesa, recibí una de las mejores lecciones de mi vida que es la de, ante una situación complicada, quedarse callado.

Aún habiendo pagado la noche anterior, no nos dejaban abandonar el hotel mientras de la preciosa estación de Pointe-Noir, que es de principios de siglo, con sus palmeras y su fachada amarilla y su tejado rojo y su reloj en la torre con el minutero avanzando lentamente mientras los cuervos, que por aquí tienen el pecho blanco, están posados en su tejado, salían volando los pitidos al llegar y salir sus trenes azul turquesa.

Los españoles, me doy cuenta ahora, incluso los que hemos recibido una estricta educación, somos muy bruscos.

Ya sólo en la manera en la que pedimos un café por la mañana, cuando no lo encontramos en la mesa. La cara del que nos escucha, sencillamente diciendo: “Un café por favor”, es de asombro, para luego, pensar, espera, espera, volvemos a empezar, primero: “Bonjour”, y luego: “Comment ça va?, ¿ça va bien?”, para luego pedir en condicional y por favor, siempre preguntando, lo que necesitas.

Habíamos dejado la habitación pagada la noche anterior, y nos habían obligado a pagar en efectivo, ya que la Visa, que tiene monumento propio como la Cibeles en una céntrica plaza de Kinshasa, no siempre funciona y no siempre se acepta, por lo que pagamos una buena cantidad en dólares por un hotel que no era de lujo pero sí muy caro, aún estando bien de precio. Aquí no hay nada barato. Si hay un lugar donde el dinero vale una vida es el Congo.

Al día siguiente, resultó que la cuenta no estaba bien hecha, y que la factura no era una factura sino un recibo, todo ello a las seis y media de la mañana, sin haber desayunado, que es el peor momento para un español que va por el mundo sin saber muy bien dónde anda.

Un hombre francés con aspecto de alemán, alto, educado, elegante, vino a sacarnos del atolladero sencillamente poniéndose delante del mostrador con la actitud de alguien que tiene todo el tiempo del mundo para resolver una situación.

Pudieron pasar cinco minutos, o más, un tiempo que los españoles se nos antoja eterno, sin decir una palabra, esperando a que el recepcionista dejara de mirar la pantalla del ordenador para dirigirse a él y al fin resolverlo todo con una cantidad adicional de dinero.

Todavía nos quedaba coger un avión, aterrizar en Brazaville, y cruzar la frontera por el río.

Acabamos, privilegiados, sentados en el interior de un barcito de madera, pidiendo por favor (“Bonjour. Comment ça va; ça va bien?) café y cocacola, viendo a la policía entre la gente que hacinada en el puerto, bajo un sol de justicia, trataba de subirse a un barco para cruzar la frontera de agua.

Unos pájarillos amarillos con un muy pico fino se posaban alegremente en un gran noray blanco.

Cruzamos el río, con sus remolinos e islas flotantes y una corriente donde parecía haber más tierra que agua.

El río Congo que dejo, en silencio, con lágrimas en los ojos.