Entre lluvias

Cuando nos fuimos de casa llovía a mares.

A la tierra no le daba tiempo a beber toda el agua que le caía encima y el ganado no había salido a pastar porque resbala dejando una huellas que, al segundo, se llenan de agua de lluvia. No hay un hueco mirando al cielo que se quede vacío cuando llueve de esta manera.

Ya en la meseta, pudimos ver por televisión que los ríos se habían desbordado y me acordé de esas nutrias que flotan en islas de hierbas mientras juegan en familia alegremente porque esta agua torrencial les da la vida. También para los salmones, que buscan en el mar el olor de su río, serán buenas estas lluvias ya que necesitan la corriente para remontar hasta alcanzar las zonas más altas y puras, llenas de guijarros, para realizar la freza.

El panorama es otro para quienes viven en las riberas. Alguien con botas de agua cuenta todo lo que ha perdido en el bajo, un congelador desenchufado, las sillas amontonadas, la puerta tapiada, la pared con la señal del agua, el barro por todas partes, la desesperación en la cara.

Dan ganas de llorar, ver el agua dentro de la casa, aunque sean cuatro gotas.

Poco antes de regresar, entre uno y otro chaparrón, me dio tiempo a dar un corto paseo por el puerto de Bueu donde observé por vez primera las gotas de agua que se quedan atrapadas tras la lluvia, brillando como las escamas de los peces, en las redes amontonadas sobre el muelle.

También pude hacer algunas fotos a los barcos llenos de colores, como pájaros tropicales, bajo el gris plomizo del cielo, para unirme, antes de que volviera a llover, a los demás que ya estaban en “La viuda” donde nos dieron una tapa de lentejas con una taza de ribeiro tan grande que podría servir para tomar un caldo. Hay, sobre las estanterías blancas de esta preciosa taberna, corales arborescentes, algas secas y caracolas como si las mareas las hubieran dejado con la arena sobre sus repisas.

Subimos a comer un pescado parecido al rodaballo pero más liso y romboidal llamado coruxo al restaurante “Peixoto”, que también podría ser un mirador, en una mesa junto a la ventana desde donde, como en un tren, veíamos pasar el agua y el viento llevándose las sillas de la terraza dando la impresión de que avanzábamos, para luego quedar todo quieto mientras por un momento divisamos un gran arcoíris sobre la ría de Pontevedra, el sol sobre las bateas, oscurecidas por el mar y por los días.

Una palmera, afortunadamente aún sin el ataque del picudo de las palmeras del sur, llena de dátiles, se abría como un fuego artificial sobre el azul de la ría como si el agua recién caída sobre el mar brillara igual que si hubiera ido a dar sobre un piso azulado de mármol.

Las fachadas de las casas y los barcos refulgían, recién endulzados, de blanco.

Unas gaviotas se posaban, la familia entera, sobre el dintel de un portalón de piedra, con su cruceiro y todo, los pollos aún manchados de marrón como niños que hubieran jugado en el barro
.

Los helechos de la cuneta salían con sus frondes llenos de fuerza como si les gustara más esta agua del aire que la del fondo de la tierra, con unas lustrosas calas, al lado de una viga para las parras cubierta de musgo, otro bebedor de lluvia.

Todo ello a punto de volver a ensombrecerse en unos segundos para de nuevo llover a mares sobre las primeras magnolias florecidas.

De ese momento de sol, de luz, de brillo, que hay entre las lluvias torrenciales, casi nadie dice nada, pero es de una belleza que te quita el aliento cuando lo respiras.

Lo recuerdo ya desde Madrid, donde el agua ha limpiado el aire, sin dar casi nada a la tierra, ni a la mirada.