Hacia el río Congo

No suelo escribir de los viajes antes de realizarlos.

Tampoco leo nada.

A veces incluso no quiero saber lo más mínimo, como cuando voy a ver la exposición de un pintor y sólo quiero centrarme en su obra, para luego, a lo mejor ir sabiendo pero, por encima de todo, que nada ni nadie me quite la primera impresión del cuadro, a mi parecer tan valiosa.

Esta vez, aún no sé muy bien por qué, es distinto.

Como si cada libro fuera un barco para navegar por el río Congo, necesito como nunca antes saber, leer, enterarme, conocer por adelantado el lugar donde voy, que es Kinshasa, en la República Democrática del Congo.

Mirando desde mi ventana en esta fría y lluviosa tarde gallega lo verdes que están las ramas, por los líquenes, siento por vez primera que voy a ir muy lejos. No ya lejos en kilómetros y en horas de vuelo sino en profundidad, como si fuera a asomarme al fondo fresco, sonoro y oscuro de un pozo donde el agua brilla.

Anoche me subí al respaldo del sofá para alcanzar los libros de las estanterías más altas. Como en una selva, se habían llenado de telarañas que eran casi lianas transparentes. Iba pasando el trapo y a la vez leyendo los títulos, buscando el libro de Javier Reverte “Vagabundo en África” segura de que tenía que estar por allí, porque los libros que verdaderamente me gustan, no los he sacado de mi casa, para que no se me pierdan ¡pero qué difícil es encontrarlos si los tienes tan desordenados como yo!, y encima algunos casi pegados al techo, en estanterías que recorren el salón como un zócalo alto, casi una nube, un cielo de libros.

Al fin lo encontré, por el color, amarillo como el sol: “Vagabundo en África”.

Leí:

“El Congo es un país fatigoso, que abruma y deprime. Pero aquellos que amen África, deben pasar por el Congo, sufrir el impacto de su hermosura y también de su dureza. Sin ir al Congo, nadie puede decir de una manera justa que conoce África.”

Ni siquiera, añadí con mis pensamientos, aunque sea alguien que haya nacido en ese continente.

Y seguí:

“El Congo forma parte de la esencia de África, está en su médula y en su corazón. Es un territorio de dolor, no es el África de los safaris luminoso y las tiendas de campaña al aire libre. No es el África de los rugidos mayestáticos del león en las praderas infinitas. Es un África opresiva, agobiadora, que entra en tu alma como una puñalada de realidad sufriente de belleza incomprensible”.

Tras leer hasta bien entrada la noche, sentí esta mañana la necesidad de escribirle a Javier Reverte que, no por destino, sino por azar, me iba al río Congo, y que estaba releyendo su libro.

Me ha respondido casi de inmediato con un consejo de amigo: “No te metas en sus aguas”.

Pero, es tarde.

Creo que ya me he sumergido.