Nieve

Se han colado los primeros copos de nieve en las noticias.

Creo que nunca antes nos había hecho tanta falta que sucediera algo tan blanco como el caer de la nieve sobre los minutos de los informativos.

Mi hijo Guillermo y yo nos miramos de soslayo mientras cenamos, porque nos hace gracia que envíen siempre a alguien a un puerto de montaña para contar que está nevando.

En realidad, en principio se diría que no hay ninguna necesidad de mandar a un corresponsal a la nieve, por muy abrigado que vaya, que incluso nos valdría la crónica del año pasado; pero se conoce que nada gusta más al telespectador que ver, desde la calidez de la propia casa que alguien, haciendo su trabajo, está pasando un frío que pela.

Las mejores crónicas suelen ser las que llegan de noche, cuando la blancura de la nieve ha desaparecido con la luz del día, y sopla un viento gélido y oscuro.

En mi casa, cuando caía en invierno la tarde, como estaba en mitad del valle, se veía incluso la sombra del monte de atrás proyectada en el monte de enfrente, al que alumbraba todavía unos minutos más el sol, ¡cuánto quería yo esa última luz del día que jamás me daba! ¡Y qué frío hacía cuando la noche era blanca!

Son esos recuerdos de leña, los que nos hacen también sonreír cuando hablan de los pueblos aislados; crónicas en las que no suele faltar alguien partiendo la leña, o una buena chimenea encendida, mientras, lejos de darte pena, te traen toda la dulzura de esos días en los que te quedabas aislado por la nieve y sólo con el tractor se podía salir a comprar algo que fuera necesario, mientras los niños no iban al colegio con la excusa de la nieve y salían a jugar todavía con el pijama debajo.

El silencio es lo que mejor recuerdo de esos días nevados, cómo sonaba todo, ya fuera el pisar por el pasto, o el canto de un carbonero; el eco, como de hielo, que tenía el aire, mientras las ramas de los árboles recordaban a las alas de un pájaro porque hacían el mismo ruido que el aleteo de un ave si, de pronto, caía por el peso la nieve, y la rama parecía que despegaba.

Tiene gracia que hablen de esos pueblecitos de las montañas precisamente cuando se quedan incomunicados.

Puede que lejos de ser algo negativo, tenga mayor valor del que creemos el aislamiento.

Porque lo que más me ha llamado la atención en estos días en los que celebramos que la teoría de la relatividad general de Einstein cumple 100 años, ha sido leer que al parecer esa teoría no hubiera sido posible elaborarla si Einstein no hubiera vivido aislado del resto de la comunidad científica, como si el pensamiento necesitara también estar aislado por una suerte de blancura de nieve a su alrededor para dar algo valioso.

Espero que al menos sobre las noticias, siga nevando.