Siempre llueve en lunes

Como si el agua se pusiera de acuerdo con el calendario, últimamente suele llover los lunes.

Se podría decir que es mejor así, que no coincida con el fin de semana, y sin embargo yo empiezo a temer estos días cuyas gotas caen con el inicio de la semana porque se forman unos atascos monumentales en los que ya me he quedado atrapada dos lunes casi seguidos yendo hacia el aeropuerto, embarcando en el avión en el último momento, tras correr por la terminal casi en carrera de despegue.

Este último lunes, operaban además de cataratas a mi madre, y aunque no tenía que ir en un avión sino, sencillamente, acercarme en un autobús a casa de mis padres; al ver la previsión: lunes y lluvia, puse el despertador a las 6:30 horas para no llegar tarde.

A las siete y media ya estaba en la parada del autobús, bajo la lluvia que entraba por la marquesina. Dos señoras más y yo, en la oscuridad de la ciudad, bajo la marquesina y el paraguas, esperábamos. Casi no había tráfico. Me extrañó. La verdad es que este lunes no había colegios pero la calle estaba demasiado vacía para ser lunes, y estar lloviendo.

La situación, bajo la oscuridad del cielo y de mi paraguas, no me desagradaba en absoluto. Al contrario. No sé muy bien por qué, me gustan estos días desapacibles, y más si es de noche. Cuando recuerdo con nostalgia mi vida en el campo no es por los días de verano, que también, sino por días como estos, en los que paseas bajo la lluvia con las botas por el barro, o ves caer el agua tras los cristales llenos de vaho. De alguna manera, me abrigan estos días casi de invierno.

Ya en el autobús, hice la mayor parte del trayecto sola, de tal manera que al bajar me despedí del conductor como si de un chófer particular se tratara. ¿Dónde estaba todo el mundo? ¿Era festivo y no me había enterado? Iba pensando en estas cosas mientras pisaba como una niña las hojas mojadas de las acacias que, como si no hubieran pasado los años, hay estos días de otoño sobre las aceras del que fuera mi colegio y con las que sigo teniendo cuidado porque sé que cuando están las hojas amarillas y llueve, resbalan igual que las cáscaras de plátano de los tebeos.

Cuando llevaba ya un buen rato en casa de mis padres mi hermana me llamó para decirme que llegaba tarde por un atasco en Las Rozas.

Llegué a la conclusión de que en la ciudad la gente se levanta para ir a trabajar mucho más tarde, que todavía está desayunando en su casa cuando los que bajan a Madrid desde sus alrededores, están en el atasco, con la radio encendida en la oscuridad, bajo la lluvia, desesperados.

Hace unas semanas comenté con unos profesores de derecho el asombro que me ha causado la aceptación que ha tenido al final la “Ley Antitabaco” porque hubo un tiempo en el que me parecía algo imposible.

Aún recuerdo cuando había médicos que te recibían en la consulta fumando, y a nadie le extrañaba.

Me pregunto si lograremos algún día cambiar de la misma manera los malos hábitos con respecto a nuestra manera de movernos y que vemos, todavía hoy, como algo aceptable.

Que llueva y que sea lunes, y que el cinturón de la ciudad y su corazón, también respiren.