Hoces del Duratón

Como una humareda de luz, así ascienden ahora los amarillos de las ramas, verticales como acantilados, por los chopos de las Hoces del río Duratón.

Eso es lo que se ve desde arriba, que es un páramo donde aún quedan enebros y sabinas, salpicados como recuerdos inolvidables de una tierra desmemoriada llena de historia, que es la del tiempo al pasar mientras pasa el río y va erosionando la caliza igual que si fuera el martillo de un cantero que con su tesón ha ido abriendo en dos el terreno como si el tiempo fuera un terremoto a cámara lenta; de tal manera que lo que vemos desde lo alto son las hoces, las fauces de la tierra abierta en un zigzag que podría ser el del rayo pero dulcificado por el paso del agua que, igual que el tiempo, todo lo redondea.

Las paredes de las hoces, cuando las ves ya desde abajo, son blancas y rosadas y grises, de una claridad que ciega cuando el sol les da de frente y el cielo azul está arriba con los silencioso buitres, que no los oyes ni aunque los tengas planeando encima de tu cabeza porque ni se llaman entre ellos, al menos que oigamos ahora desde abajo, ni llaman a los jóvenes que tienen en las repisas con el mismo color en las plumas que los de la piedra agujereada de balmas, cuevas, repisas y toda suerte de lugares donde anida esta importantísima colonia de buitre leonado, y donde se detiene también como otra ave la tierra que llega volando con las semillas de plantas rupícolas que germinan para hundir sus raíces en las grietas, con una fuerza y en ocasiones también con una delicadeza extrema que nos deja encantados, como esos culantrillos que, entre las rocas, parecen poemas entre paréntesis, dándose casi siempre a la altura de nuestros ojos, como escritos en una pared, a la sombra y donde se oiga el río, viviendo estos delicados helechos, que son los culantrillos, del murmullo y la humedad del agua.

Paseando por la orilla del Duratón, acompañando al río en su camino, hundidos en el fondo de las hoces, levantamos una y otra vez la vista para maravillarnos con el contraste que hacen los chopos y los álamos amarilleando contra el azul del cielo; o bajamos los ojos hacia el camino empedrado y tapizado de hojas doradas; o se nos va la mirada al agua, para ver cómo flotan esas mismas hojas; o al aire, para ver cómo caen, con cualquier brisa, que parece un aliento.

Salpicados, aquí y allí, como para que no todo sea amarillo, estaban rojos, casi morados, los cornejos; granates los arces de Montpellier, y todavía verdes los fresnos y los alisos; anaranjados los nogales y castaños que hablan de poblaciones humanas en este lugar que todavía tiene mucho de silvestre en sus rosales, llenos hoy de escaramujos rojos, y en sus espinos albares de cuyas majuelas se alimentaban en otoño los hombres y mujeres de las cavernas que también por aquí anduvieron.

Me he prometido a mí misma regresar a las Hoces del Duratón siempre que encuentre el tiempo y no haya pasado como un agua que no vuelve.