Una mesa redonda

Cuando se publique este artículo, estaré en Galicia si Dios quiere.

Y nunca mejor dicho si Dios quiere porque acudo a una mesa redonda en la Facultad de Derecho de A Coruña con motivo de la publicación de la Encíclica “Laudatio Si” del Papa Francisco.

Salgo en unos minutos hacia el aeropuerto y aunque no llevo equipaje porque voy y regreso en el día, sí llevo la cabeza llena de ideas nuevas que se me han ido ocurriendo mientras preparaba lo que voy a decir y que a lo mejor al final no digo porque lo que más me interesa es escuchar qué tienen que decir los demás sobre este documento.

Me he ido encontrando por el camino de la lectura de la Encíclica personajes muy curiosos sobre los que quisiera, a mi regreso, indagar un poco, como el patriarca ecuménico Bartolomé, al que llaman desde hace años el “Papa verde” por su preocupación por el medio ambiente, tan unido hoy al Papa Francisco, y al que aquí se cita con una frase que me ha encantado: “Lo divino y lo humano se encuentra en el más pequeño detalle contenido en los vestidos sin costuras de la creación de Dios”.

Lo que me gusta es precisamente ese concepto del “vestido sin costuras” porque esa es la impresión que tengo, de paraíso hecho trizas, de costuras que se abren sin remedio, quedando sólo los pedazos de una tela original que se está rasgando antes nuestros ojos sin que seamos conscientes de la importancia que en el futuro este destrozo podría tener. Y no me refiero sólo a la escasez de recursos esenciales.

Me refiero a la belleza, que está presente sobre todo en la primera parte de la Encíclica, que es la que más me gusta, porque la segunda parte habla de lo que hay que hacer, y no es que no esté de acuerdo, pero siempre me gustó más la sugerencia que ese “hay que”, “hay que”, “hay que”...

Que no se haya olvidado la belleza de las cosas, me llama la atención, y también el lenguaje, que se piense que tenemos que empezar a hablar de otra manera, mezclando las ciencias y las letras, esa tercera rama, sin dejar fuera nada que pudiera dar una pista sobre estos problemas tan complejos, ni siquiera la poesía, ni la música, ni ninguna de las artes ni de las religiones ni de las ciencias, que se tenga en cuenta a todos y cada uno de nosotros para tratar de entender el mundo en el que vivimos y las soluciones que deberían aplicarse para no destrozar su belleza original que a lo mejor no es sólo belleza sino la clave, el código, el hoy por hoy indescifrable mensaje original que estamos perdiendo a toda velocidad y que a lo mejor su valor trasciende a su propia belleza porque nos puede dar la solución a un problema todavía desconocido o sin plantear.

Garabateo cosas que se me ocurren, y que tendría que reposar para explicar bien, pero al menos es un consuelo leer esta Encíclica abierta a todos y cada uno, porque también en cada uno de nosotros puede estar esa clave que de con la fórmula para seguir viviendo sobre la Tierra que nos sostiene sin destrozarla. O al menos sin destrozarla más.

Como una de esas galerías gallegas en las que sigue dentro el calor del sol aunque se haya nublado, el mundo es un sistema cerrado donde ni el aire ni el agua ni el suelo vienen de fuera. Sólo la luz del Sol. La luz de la esperanza porque como escuché decir en unas conferencias sobre el Ártico, hay océanos que bien gestionados, pueden ser para la humanidad “océanos de eternidad”.

La verdad es que me hace ilusión aterrizar sobre la ría viendo desde arriba las bateas, los montes oscuros, los helechos melancólicos a sus pies, tapizando la tierra, y oler otra vez esa humedad y esa bruma que es lo que más echo de menos, como si fuera un sueño que he perdido.