Damas grises

Del blanco del nacimiento al negro de la muerte, que puede que también sea blanca, todo está lleno de colores.

Yo creo que si un extraterrestre viera desde arriba nuestro mundo le llamaría la atención precisamente eso, el infinito colorido del que es capaz la luz sobre la Tierra.

Un colorido que no necesita del Sol para tener viveza porque es en los días lluviosos cuando más llaman la atención los colores, como el rojo de las setas muscarias bajo los castaños, este año me han dicho que con más castañas que nunca; o en las calles el colorido de los paraguas como si los colores, empapados con el agua, se volvieran más intensos.

En un día nublado y a la vez luminoso como el de hoy he visto asombrada pasar los aviones contraincendios Canadair por encima de mi casa como pájaros coloreados en amarillo y rojo con motivo del desfile del que se oían las voces con las ventanas abiertas.

Es curioso en la ciudad cómo un sonido sustituye al otro y ni en los días en los que las calles están cerradas deja de oírse algo, como si tuviera la ciudad agorafobia al aire vacío, descolorido, del silencio, igual que el meloncillo a los espacios abiertos.

Luego ha vuelto todo al murmullo azul de los días festivos, cuando se oyen incluso las campanas de las iglesias como si estuviéramos en un pueblo.

Es precisamente por el Pilar cuando suelen empezar a pasar las primeras grullas incluso por encima de los campanarios del centro de Madrid, para dirigirse hacia las dehesas extremeñas donde se alimentan de las bellotas que este año son también muy abundantes para la montanera, ese tiempo que abarca de octubre a enero y que coincide con la maduración de la bellota.

Son las encinas como esas ancianas que dan de comer a las palomas con sus migajas, que son las bellotas de las que se alimenta toda una cohorte de especies, no sólo nuestro cerdo ibérico, sino también las torcazas y esas grullas que vienen a miles (más de doscientas mil esperamos durante los próximos días en la Península Ibérica para alimentarse de ellas) aunque al principio vayan a los rastrojos donde encuentran las semillas caídas tras las siegas, y también a los campos recién sembrados, algo que imagino que a los agricultores les hará poca gracia.

Porque una grulla no tiene los pies de un pajarillo, ni siquiera los de un ave cualquiera como puede ser una garza, sino que posee unos pies que podrían ser los de un elefante para un ave, de los grises y grandes que los tienen aunque divididos en cuatro dedos, uno de ellos tan pequeño que ninguna de las quince especies de grullas que existen en el mundo tienen capacidad prensil como para sostener algo con ellos, de tal manera que aquello que creyeron Aristóteles y Plutarco y Plinio el Viejo y que todo el mundo repitió a pie juntillas, incluso hasta llegar a Marcuello, de que entre las grullas que duermen siempre hay una que se queda vigilando con una pata en el agua y la otra recogida sosteniendo una piedra que cayera y avisara con su ruido si se dormía, no es cierto, y aún así no deja de ser extraño que lo creyeran al observar los pies de las grullas, grises como una piedra.

Lo que sí es verdad es que cada vez vienen más, y que ya están llegando otra vez las primeras.

Y aunque la laguna aragonesa de Gallocanta esté ahora seca, se detienen igualmente a dormir en el lecho donde el agua durmiera, llamándose antes unas a otras con un sonoro gruir como si también a las grullas, damas grises, el silencio les pareciera demasiado blanco.