Morrocoy

Aunque hace ya varios días que volví de Venezuela, se podría decir que aún sigo por allí, como si el pensamiento tardara más en regresar que el cuerpo.

No me quito de la cabeza toda la belleza, y a la vez la fragilidad que he visto, como una suerte de cristal finísimo que pudiera romperse en mil pedazos antes de que consiga volver para contemplarlo de nuevo.

¿Cómo explicarlo? Las obras de arte, no corren peligro, al menos se pueden llevar de un museo a otro, porque lo que captan o retratan es un instante, algo vivo que ya ha pasado y que por lo tanto no se podrá modificar; y de lo único que hay que preocuparse es de que nadie las robe, ni las falsifique, ni las rompa, protegerlas en fin con barreras físicas, es suficiente.

Pero ¿y esa obra de arte que es la Naturaleza? ¿Cómo se protege? ¿Cómo se preserva del tiempo una obra que es el propio tiempo vivo, que está hecha de todo lo que ha pasado en un lugar, segundo a segundo, especie a especie?

Nadie será capaz jamás de reproducir, ni siquiera imitar, por más que pretenda cultivarlo de nuevo, un lugar así, porque le faltará el azar y el tiempo que ha pasado en paz para que todo sea como todavía podemos contemplar, milagrosamente, en Morrocoy: una obra de arte única de la Naturaleza que, como el mejor de los cuadros, no habría que atreverse a tocar ni a retocar.

En este maravilloso Parque Nacional de Morrocoy, lo he visto con tanta claridad como en sus aguas transparentes, turquesas, cristalinas, donde había hierbas de las tortugas en esas zonas donde, de pronto, el agua blanca se volvía de un azul profundo, trazando una línea como la del horizonte, todo ello orlado de mangles de varias especies, negro, rojo, blanco, y de palmeras en las playas, y de unos bosques, en los cerros del fondo, caducifolios y perennifolios, donde vive el ocelote o cunaguaro (Leopardus pardalis) y el mono aullador rojo, componiendo una mezcla que no había visto jamás entre el manglar, el océano, las rocas, los bosques y la tierra.

¡Cuánto colorido! ¡Cuánta belleza! ¿Cómo conservar todo esto? La propia denominación de parque, que se supone que lo protege, puede que haya empezado a matarlo, pues ya están construyendo en la mismísima orilla del parque edificios que sobrepasan en altura lo deseable, y del embarcadero salen una y otra lancha que recorren con tanta insistencia los manglares que hay playas blanquísimas, inmaculadas, donde ya se aprecia, con un dolor que te hiere el corazón, ese rastro negro del combustible en la orilla, manchada esa agua clara cuya pureza tendría que cuidarse como si fuera oro líquido. Tengo entendido que no es así.

Hay familias enteras que acuden desde Caracas en autobuses que salen de noche para llegar a Morrocoy por la mañana pertrechados de todo lo que pueden para pasar un día feliz en sus playas, como es lógico, porque todo esto es suyo. Luego, tristemente, los restos quedan tirados, y si en cualquier lugar te duele ver una botella de plástico, aquí te parte en dos el alma, porque es tanta la belleza de este lugar que te parece que no puede ser que alguien haya podido hacer tal cosa, algo tan inocente como tirar una lata de bebida al agua.

¿Cómo se podría remediar esto? No me refiero a la limpieza obligatoria, sino a que no sucediera, que nadie en Morrocoy tirase nada. Puede que no haya otra solución que seguir insistiendo con los niños en las escuelas, porque Morrocoy puede ser su futuro si se cuida, si se mantiene limpio, si se conserva, si no se construye, si no se cazan más caracolas, que quedan vacías como un eco.

Hasta ocho volutas vacías, hermosísimas caracolas naranjas, más grandes que mi mano, encontré en poco más de media hora buceando entre las hierbas de las tortugas. Menos mal que una de ellas tenía ovicápsulas pegadas, una suerte de huevos transparentes que tienen otra caracola en miniatura dentro.

¿A quien se le podría pedir esto? Por favor: protejan todo lo que les sea posible un lugar tan rico, nada menos que 32.090 hectáreas de obra de arte pura, de belleza verdadera.

Me pareció bien, incluso, aunque me diera rabia, no poder entrar a la isla de los Pájaros, tener que conformarme con ver los ibis escarlata, los corocoros rojos (Eudocimus ruber), pasar sobrevolando mi cabeza, no molestarles en sus nidos, no alterar la vida de un lugar tan sagrado.

Afortunadamente, se han realizado numeroso estudios científicos sobre este lugar terrestre y marítimo, donde hubo grandes extensiones de corales cuerno de alce (Acropora palmata) que intenta recuperarse; también de estrellas mar, que había tantas como en el cielo de noche, pero que ahora son mucho más escasas, aunque llegara todavía a verlas hace tan sólo unos días, grandes y rojas, en las praderas cercanas a los manglares donde se refugian también las ostras, las gambas, las langostas…porque todo el manglar puede ser riqueza infinita si las langostas se pescan grandes, si las ostras se recolectan sin partir las raíces del mangle.

Se podría decir que ya estoy de regreso, pero sigo en Morrocoy, en la calidez de sus aguas, bajo su cielo azul y su sol como no hay otro, con los pies en el resplandor de su arena, lleno de aves el cielo, fragatas que por aquí llaman tijeretas de mar, pelícanos incubando en las ramas de los mangles, cigüeñuelas por las lagunas, chorlitejos en las playas…me pareció que las aves corrían por ahora menos peligro, porque es el agua más que el aire lo que urge, a mi parecer, cuidar.

Necesito saber que, aunque no pueda regresar jamás, Morrocoy va a existir siempre.