Venezuela

Entras por unas islitas muy azules con un halo blanco de arena.

Al fondo unas nubes muy espesas se extienden sobre unas montañas cubiertas de verdor que caen al océano de manera muy abrupta, como si la erosión, que todo lo redondea, no hubiera pasado con los días.

¡Qué hermosos parecen algunos países desde el cielo! El sol se refleja en el agua y la vegetación de los acantilados no llega a hundirse porque hay una franja de roca en la costa que en algunos lugares forma playas donde se ven unos barquitos tan blancos como las casas salpicadas por las montañas.

Luego el avión va bajando y se aproxima hacia el aeropuerto de Maiquetía, donde la pista tiene tanta goma que parece una pista de patinaje. Según descendemos, a mí, que no me interesa más que la belleza de la tierra, se me va haciendo jirones la vista con lo que voy viendo porque, aunque las casas adquieren colores, las ves puestas sobre la montaña de manera tan provisional que se diría que en cualquier momento se irán con la escorrentía hacia el océano cuando caiga, torrencial, la lluvia del cielo.

Todo es de una fragilidad que se apuntala con música en el autobús que nos lleva al hotel, esa alegría hecha de notas que llena la vida en los países caribeños. ¿Por qué sonríen más los que menos tienen? Ni saldo en el móvil. “Se me acaba de terminar”. “El lunes cargo el gas para el aire acondicionado”. “El lunes cargo el móvil”. “El lunes ya no habrá este tráfico”. Como si todo estuviera hecho en un futuro que jamás llega, como si vivieran en el espejismo de una esperanza.

La gente es buena. Cuando está dentro de un atasco, no se altera. Se lo toma con calma, se baja del coche, aprovecha una señora para vender dulces que lleva en una bandeja con elegancia sobre la cabeza, ponen la música más alta. O dan marcha atrás, a toda velocidad, y los demás no se lo afean. Era domingo y la gente venía de las playas, en pick-ups familias enteras, con el sol en la piel, la imagen del océano en los ojos. El mar y la música, ¡cuánto se parecen! ¡cuánto llenan la vida del que no tiene nada!

Nuestro conductor habló con los que venían detrás, y nos dejaron sitio para dar la vuelta, y llegar al hotel por un atajo, donde vimos casas de bloque gris que me recordaron a las de los suburbios africanos, sólo que aquí seguían el curso de un arroyo que había dejado de serlo.

Saliendo de aquel laberinto, aparecen ya algunas casas nuevas, donde la arquitectura sigue ausente. No es ya es que fueran casas imaginadas por un niño, es que no hay voluntad de nada, no hay diseño, es otra caja de zapatos, esta vez enorme, de fachada lisa y blanca, con huecos cuadrados de uno por uno, ventanas puestas unas encima de las otras hasta el piso veinte, todas con rejas, como para que no entren los zamuros que sobrevuelan la ciudad para alimentarse de las inmundicias, ya que ¿quién podría entrar tan alto? Se diría que la libertad está hecha aquí de rejas. Que la libertad es un pájaro libre en una jaula.

Por las paredes y los muros, hay pintados letreros con imágenes, leyendas para que leas en el atasco y te digan qué pensar. Las palabras, ¡qué fuerza tienen! Cuando se repiten, una vez y otra, pueden acabar convirtiéndose en barrotes del libre pensamiento. Para los niños que aún no saben leer hay muchos columpios.

Pero yo no he venido aquí a nada más que a escribir de la belleza de la Naturaleza.

Tenía que haberme quedado arriba, en el cielo, viendo lo hermosa que es Venezuela.

Claro que a lo mejor escribo así porque es muy temprano y aún no he desayunado.

Pido un café con leche, y es un café negro. No hay leche.

Dicen que llega el lunes que viene.