Otoño

El próximo miércoles 23 entrará el otoño astronómico en el hemisferio norte a las 10h21m hora peninsular; las 9h:21m en las islas Canarias.

Creo que ya he escrito que a mí lo que más me llama la atención del otoño, es la luz, que venga el sol casi horizontal, muy bajo sobre el horizonte, y también la lluvia que moja como cartones las hojas.

Es una estación hecha para escribir, o para tomar un café leyendo un libro, en una cafetería de esas en las que a veces tienes la suerte de que te den la ventana que da a la calle y te parece que vas en un tren porque la gente pasa casi a la misma velocidad que los postes de teléfono.

Los días de lluvia, cuando se mojan las aceras y los monumentos ven su reflejo en los charcos del asfalto, que son negros como lunas nuevas, la gente parece más colorida, con sus paraguas de colores vivos y sus chubasqueros rojos, azules y verdes, en el día gris y lluvioso de otoño.

En ocasiones, vienen los días soleados, pero es un sol de los que dicen en los pueblos que hace daño, que te resfría o que te da dolor de cabeza, un sol falso porque viene con una luz como si fuera la de una estrella que ya se ha apagado, aunque a veces, como hoy, a mediodía, queme.

Dan estos días buena luz para hacer fotos porque el exceso de sol se come los colores, que a mí en la galería de esta casa de Madrid, se ha llevado no sé adónde, como si se hubiera evaporado tras el cristal del marco, un dibujo que me había hecho con lápices Mingote, un payaso con una flor que me ha dado un disgusto tremendo al ver ayer que era ya casi un papel en blanco, al que habría que hacer como con las monedas, pasar un lápiz para que al menos vuelva el relieve de lo que dibujó un día para mí, como para tantos otros, Mingote con su mano. De todas formas, creo que no le hubiera importado lo que ha sucedido: que el sol se haya llevado los colores de su dibujo. Siempre me hizo gracia aquello que solía contar: que la gente le pedía un dibujo diciéndole: “Si me haces un dibujo, te lo enmarco”, pero nadie le decía que lo guardaría como una herencia para sus hijos. Tenía razón. Fue un error enmarcarlo.

El otro día me di cuenta de que el lugar donde grabo las locuciones para unos minidocumentales de Naturaleza, está muy cerca de su casa, justo al otro lado del Retiro, e imaginé que Mingote entraba a pasear por una puerta donde, según observé, todavía hay encinas, que me parecieron supervivientes de las que debieron de ser muy abundantes por aquí cuando esta parte de Madrid era monte.

Caían ya las primeras bellotas de los cabillos; y las estatuas, que tanto le gustaba dibujar a Mingote, tenían el pedestal rodeado todavía de flores, salvias plenamente florecidas bajo este sol otoñal.

Le va también a la piedra de estas estatuas mucho mejor el otoño que este final, caluroso, del verano.

Esos días de lluvia y de viento, en los que todos, no somos nadie.