Benares

Entras por la calle Zurbano, donde están esos palacios que te quedas mirando por las rejas, con sus adoquines en el suelo y sus jardines franceses en patios que son, dentro de la ciudad, islas de árboles, pájaros y silencio.

La puerta del restaurante es tan grande que podría pasar por ella un elefante de la India, de cristal y con una forja troquelada con el nombre de BENARES que nos deja ver antes de entrar un suelo de mármol blanco y negro dispuesto en zigzag, en espiga de trigo, como si fuera madera.

A partir de ahí todo es arte, pasión, profesionalidad y excelencia.

El personal del restaurante se detiene para saludarte dando la bienvenida con una solemnidad que se extiende también a la cocina, desde donde sonríen, lo cual te hace sentirte no ya como un cliente o un comensal, sino como un marajá que va a disfrutar de unos platos excepcionales cocinados con alegría.

Nos sentaron en la mesa de la bodega, de tal manera que desde mi posición tenía la calidez del vino a mis espaldas, y de frente podía disfrutar de la vista del patio, también aquí lleno de belleza y de verdor, pero además con un estanque en el que se reflejan las imágenes de la ciudad de Benares, que se proyectan sobre una pared de ladrillo madrileño, con unos toldos hechos de saris, resumiendo de esta manera tan escenográfica, ladrillo, tela, estanque, ciudad y río, que en esta cena iba a probar lo más exquisito de la India en Madrid.

El chef Atul Kochhar ha creado unos platos entre los que se incluye la extraordinaria nécora con el caparazón recién mudado, todavía blando, y que en la carta se llama Cangrejo de Cáscara Blanda, Ensalada de Mango, Cacahuete y Maracuyá (Karara Kekda Aur Aam) entre otros platos que eran como para comer con los ojos cerrados y en silencio, sin nada que distrajera de la maravilla de tantos sabores mezclados en la boca por vez primera.

El servicio, no he visto nada parecido, un lugar donde la servilleta te la cambian varias veces, la loza llena de arte y de personalidad, los panes al tandoor seleccionados, y un arroz tan suelto que se diría que cada grano se hubiera cocido uno a uno, con verduras y aromas nuevos que no tienen la impertinencia del picor, sino la sugerencia de esas especias por las que cambió el mundo.

Los acompañamientos, como el Dal de lentejas negras, son aquí un lujo; igual que el pan recién hecho, que viene envuelto en una servilleta blanca como un niño recién nacido en su toquilla.

En mi familia tenemos memoria gastronómica. Hablamos de lo que hemos comido, de lo que estamos comiendo y de lo que comeremos.

Esta cena es de las que jamás se olvida.

Muchas gracias Vikas y Sabela. Y enhorabuena.