La tintorera

Puede que no haya un azul, ni siquiera el azul Chardin, como el de la tintorera.

Que sea un tiburón, no consigue eclipsar su belleza, y menos en los juveniles, yo diría que casi recién nacidos, de unos setenta centímetros de longitud, que han venido a parar a las rías gallegas, ya sea en las playas oceánicas donde iba Gonzalo Torrente Ballester de niño, como a los charcos de marea de las rocas, ría adentro, donde estos tiburones, probablemente a cientos, aunque se haya dado noticia sólo de unos cuantos, han venido a llenar con la luz de la luna las aguas más costeras en estos últimos días de agosto.

La verdad, es que el mar presentaba un aspecto inusual, inquietante, porque no es ya que hubiera una suerte de fitoplancton rosado que de pronto tiñó el agua, sino que la superficie se volvió dorada, igual que la luna llena esa noche. Jamás he visto nada igual. Parecía que en vez de en el norte de la península ibérica estuviéramos en algún lugar tropical, donde el sol quemaba como ningún otro día mientras la luz de la tarde brillaba sobre esa suerte de oro líquido en el que nadábamos sin notar el frío porque, a diferencia de otros días, el agua tenía una calidez extraordinaria.

Hubo un momento, además, que apareció una nube de insectos que se echaban a flotar en la superficie, como si en vez de voladores fueran marineros, de tal manera que todo brillaba, el agua, la tarde, las alas traslúcidas de los diminutos insectos. Abajo, no veíamos qué podía estar pasando porque se había enturbiado el agua como si tuviera barro por ese plancton silencioso que nos envolvía con la dulzura de saber que todo aquello era algo único ya que nunca antes, en el mismo lugar, habíamos vivido algo parecido. Hacía mucho calor. Una suerte de bochorno que te envolvía como un albornoz aunque de vez en cuando soplaba una brisa casi caribeña.

Fue al regresar, cuando al echar una línea, nos dimos cuenta de que también abajo, pasaban cosas distintas, absolutamente extraordinarias. A los delfines avistados ya por la mañana, se unió de pronto la sorpresa inesperada de un tiburón del azul más hermoso que he visto en mi vida. Un juvenil de tintorera, de esos que nacen vivíparos de hembras que llegan a parir más de cien crías en ocasiones y que aún siendo tiburones pelágicos, de mar adentro, realizan grandes migraciones y quién sabe si varias hembras, empujadas por la luna y por la marea y por la calidez de las aguas, se acercaron a dejar por aquí unas camadas que, con toda probabilidad, abandonarán la costa para adentrarse en el océano en cuanto las condiciones cambien.

Jamás podré olvidar su mirada de enormes ojos negros, y el azul metálico del dorso que gradualmente se volvía más claro hacia el vientre, el azul profundo del océano donde vive.

Desde entonces, llevo un pensamiento dentro y es que las rías gallegas deben estar protegidas a la mayor brevedad posible, porque son únicas en el mundo.

Un paraíso silvestre sumergido que cuando ya creías conocer, con un nuevo azul, inocente, profundo e infinito, te sorprende.