La buganvilla

Estoy pensando poner una buganvilla en la pared más blanca de la casa.

Tuve una muy bonita hace años, una de esas buganvillas que ya no encuentras, porque eran sus brácteas de un morado muy oscuro y las diminutas flores muy blancas. Parecía que hablaba con su color a los ojos, como esas buganvillas que hay en algunas fachadas de las casas de la costa y, al pasar, se te queda la mirada presa de esa imagen, el mar azul, la pared blanca, la buganvilla, al sol, malva.

Por aquí se da muy bien porque llueve mucho, como en los bosques tropicales de los que es originaria, y a la vez, orientada al sur, está al abrigo de las heladas, llegando a dar tantas flores como limones y naranjas los frutales que orientados de la misma manera, al sol del mediodía y con la pared blanca en la espalda, parecen felices bajo la fina lluvia de verano.

La buganvilla que tenía la arrancaron cuando hace ya muchos años vinieron a construir un porche para comer debajo y, la verdad, no entiendo por qué hicieron tal cosa, cuando yo no había dicho nada, y ese fue mi pecado, no pedir expresamente que no tocaran la buganvilla, al dar yo por hecho que siendo tan hermosa como era, no hacía falta. Me equivoqué. Todavía hoy, me molesta ver el hueco que dejó la planta y que no llené con nada porque con tanto color como tenía era imposible intentar sustituirla.

El caso es que no he vuelto a poner allí ninguna buganvilla en todos estos años y ahora me doy cuenta de que ha sido un tiempo perdido y que debería haber plantado al día siguiente otra, porque ahora podría haber en mi casa una buganvilla, si no igual, al menos parecida. Lo que ocurre es que a veces lo parecido no nos gusta nada, de ahí que no la plantara en su día.

Unos amigos han alquilado una casa este verano donde, me llamó la atención, usan las buganvillas de cierre, podadas de tal manera que hacen una barrera vegetal como si fuera un seto, menos en la parte de arriba, por lo que la valla parece un ramo que tiene en lo alto los tallos florecidos de las buganvillas, cuyo fucsia, no es el que más me gusta.

Porque en esto, es como con los vinos, que el color es importante, y a mí todo lo que me gusta la buganvilla de un violeta muy oscuro que es de la variedad sanderiana y que no es fácil de encontrar por ser la más salvaje, me disgusta la que es de un fucsia muy claro, poco rotundo, de un morado indefinido, que hasta la belleza puede llegar a ser fea si no encuentra el tono, algo que en las buganvillas se aprecia muchísimo.

Decía un amigo mío que no hay árbol centenario feo, y en eso creo que tiene toda la razón, que el árbol, con la vejez, gana elegancia, que es la misma que pierde la buganvilla cuando lo que elige para crecer es el más feo de los morados, porque no es rotundo, seguro de sí mismo, mientras toda la planta lo es, verde oscura la hoja, dura la madera del tronco, y puestos a elegir, del morado más profundo las brácteas que parecen flores en vez de hojas falsas para atraer a los insectos.

¡Cuántos y quiénes vendrán cuando la plante por toda la fachada blanca, dejando abiertas, entre las flores, las ventanas!

Serán los insectos los primeros en darse cuenta de que este verano, al fin, de nuevo, planté otra buganvilla.